Tiempo vivido

Al filo de las 4:20

El próximo jueves 21 de mayo, los coahuilenses rememoraremos la muerte del Varón de Cuatro Ciénegas acontecida en la paupérrima ranchería San Antonio Tlaxcalantongo, en la Sierra de Puebla.

Terminaron ahí siete años del liderazgo de Venustiano Carranza que iniciara aquel 26 de marzo de 1913 en la Hacienda de Guadalupe, cuando con un puñado de jefes y oficiales de las fuerzas coahuilenses, milicias irregulares que Carranza mantuvo bajo su mando, pese a la oposición de Madero, luego que éste firmara en C. Juárez el acuerdo de desactivar a las fuerzas revolucionarias y el cese de hostilidades de los maderistas contra Díaz; documento firmado  exactamente dos años antes, el 21 de mayo de 1911. 

Enfrentaba Carranza la última crisis originada por su desacuerdo con Obregón respecto a la sucesión  presidencial; desacuerdo que dio origen a que Adolfo de la Huerta, cabeza visible del grupo Sonora liderado por Obregón, Calles y el mismo de la Huerta -luego de acusarlo de traidor a la Patria- proclamara el 23 de abril de 1920,  el Plan de Agua Prieta con el cual se desconoció al gobierno de Presidente Carranza.

La Columna de la Legalidad había dejado la Cd. de México rumbo a Veracruz donde sentaría Carranza su gobierno para hacer frente al embate del Ejército Constitucional Liberal, la fuerza militar del Movimiento Reivindicador de la Democracia y la Paz, como rezaba la proclama.Bajo una lluvia torrencial y un crudo frió habían parado, como a las 5 de la tarde, en la ranchería de jacales de varas.

El general Mariel se había separado de la columna antes de llegar al sitio dicho, para asegurar, dijo él,  que las fuerzas militares hasta Veracruz permanecieran fieles al gobierno. Ahí lo hizo el General Rodolfo Herrero asegurando a Carranza que regresaría con noticias.

En un cuarto rectangular con paredes de madera, lo mejor que había, se resguardó el Presidente con cinco personas más. En un rincón se acostó Carranza, se hizo el silencio sólo interrumpido a las 3 am, por una descarga de fusilería hecha  desde fuera del jacal sobre el rincón donde dormía el Presidente, hubo otra más. En la penumbra vieron a Carranza casi sentado.

“¡Señor, señor! dijo Suárez… -de la garganta del Presidente Carranza escapaba una fatigosa respiración… El Jefe está muriendo; oigan el estertor de la agonía…  -acababa la vida del gran hombre sostenido por el capitán Ignacio Suárez. Nadie se movió. Suarez observó que se había consumido la vida de su Jefe… vio la esfera del reloj… -El Presidente acaba de morir; tomen en cuenta la hora que es: son exactamente las cuatro y veinte minutos”. 


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