Tiempo vivido

La experiencia teatral

Hace unos días, visité de nueva cuenta la Casa de la Leyenda (del Teatro, le llamaría yo),  espacio que mi estimado amigo Dr. Francisco Sánchez Fraire ha destinado para el desarrollo del Grupo Siervos-Saib. Saludé ahí al conjunto de jóvenes y entusiastas teatreros, en un momento de descanso a su ensayo en los montajes que cada vez consolida a Siervos en el gusto de la tradición teatral de la Laguna.

Al verlos trabajar recordé aquellos años en Saltillo, en que andábamos con las mismas inquietudes con la guía de Cabello, Eduardo Arizpe, Doña Carmen Aguirre.

Al día siguiente a raíz de la nostalgia, noté el trabajo de jóvenes quienes en los cruceros de las Avenidas, y Bulevares de Torreón hacen malabares circenses por algunas monedas, seguramente escasas cada día; dos expresiones distintas que tienen sin embargo raíces ancestrales comunes y en nuestro caso síntesis indígenas e hispanas desembocadas en algo especial: lo novohispano, término que implica esa conjunción, pero también la resolución de ese encuentro de mundos donde lo hispano dominó, no sin resistencias de las culturas prehispánicas.  

De lo indígena informa magistralmente Ángel María Garibay, en su Historia de la Literatura Náhuatl, cuando refiere los mitotes, dentro de la incipiente dramática de las culturas indígenas, en los cuales algunas danzas y pantomímicas en sus inicios, se fueron transformando en farsas representativas, precursoras de una comedia que fue interrumpida en su desarrollo por la conquista.

En la cultura nahoa, entre los mexicas por ejemplo, había en sus comunidades junto a los templos, casas grandes llamadas cuicalli (casas de canto) cuya misión era enseñar a cantar, a bailar y a tañer instrumentos a jóvenes de ambos sexos, quienes  en sus representaciones, actuaban siempre al amparo de Xochiquetzalli.

En la edad media europea, surgieron los juglares: autores y recitadores de poemas, cantares de gesta, romances, pero también saltimbanquis y acróbatas que recorrían villas y ferias.

Se dio también el desarrollo del teatro, a la sombra y patrocinio del culto eclesiástico, que derivó en el teatro profano.

Así llegó esa larga cultura a la Nueva España cuyo proceso estudió y escribió brillantemente Alfonso Reyes en Los autos sacramentales en España y América.  Juan de la Encina, Lope de Rueda, Lope de Vega, Ruíz de Alarcón,  darían ricas pistas de estos herederos laguneros. 


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