Tiempo vivido

Al asecho de la mediocridad

Dialogando con jóvenes profesionistas, que como miles batallan para conseguir empleo en México, entendían bien la trampa que les hacía exhibir constancia de experiencia laboral para obtener empleo, cuando no había plazas de trabajo disponibles. Un verdadero círculo  tramposo. Entienden  mejor que por efectos de la Reforma al Artículo 123, los estudiantes que hacen prácticas profesionales, el servicio social y los egresados de las universidades, escuelas técnicas, profesionales o semi profesionales pueden emplearse por horas para hacer expediente, sabiendo que nunca se abrirán esas plazas de trabajo en forma definitiva, porque hay miles que en oleadas pueden cubrirlas en condiciones de subempleados, sin opción a construir prestaciones laborales ni sociales derivadas del trabajo; un regalo extraordinario que nuestros diputados dieron a los empleadores de la iniciativa privada, quienes en lugar de legislar para que no exigieran experiencia, les armaron un ejército de nuevos esclavos.
 Pero entrando en su juego, ¿por qué exigir experiencia?; porque saben que el sistema de la globalización, el cual calificó a la educación como excelente negocio;  alentó  la apertura de instituciones cuya formación en sus aulas es de baja calidad, en atención a que los perfiles de sus egresados les interesa, sólo en la medida que asegure  el número de cuotas para mantener su empresa; a lo cual ayuda la política de los gobiernos de no abrir más universidades públicas o aumentar la matrícula en las existentes. Por ello, -que es como diversificar la industria-, se hizo necesario demostrar estudios de post grado; más en el extranjero, para competir por los mandos medios o gerenciales, aunque ahora  es igual,  por  las plazas de bajo nivel.
En el sector público, para combatir la heredad de las plazas en las Secretarías de Estado, por “conquistas” de los sindicatos de la FESTSE, pero también para profesionalizar al personal en sus áreas de trabajo, Miguel de la Madrid instauró el Servicio Civil de Carrera. Propósito que se combatió por debajo del agua, dado que atentaba contra la práctica de dar los mejores puestos a compadres y amigos, cuya única credencial era la de la amistad. Así se fue instalando la cultura de la mediocridad, porque cuando estos funcionarios recibían currículos excelentes para ocupar puestos bajo su mando, los desechaban ante la amenaza que representaban para su pequeñez. Otro efecto fue, que esa pobreza académica y de experiencia creó pequeños déspotas y relaciones laborales de terror, por el despido latente. Por eso es recomendable, concluimos los interlocutores, presentar currículos mediocres, que no signifiquen amenaza.


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