Tiempo vivido

En alianza con los libros

El invento sublime del hombre, no es el lenguaje -porque hemos ido descubriendo que cada especie del reino animal tiene el propio- sino la escritura, la gramática, donde el mundo es organizado en signos, símbolos y en normas; nuestra máxima herencia, nuestro sustento y al mismo tiempo la maravilla de nuestra expansión humana.

De ahí que la tarea imperiosa sea que las nuevas generaciones aprendan a leer y escribir, misión que en los pueblos déspotas, según su propia historia, escrita por ellos mismos directa o indirectamente, se restringía a unos cuantos a costa de la ignorancia del resto de su falsa comunidad, ignorancia que endosaba su continuidad y dominio.

Pero se puede ser analfabeta funcional, cuando sabiendo leer no se ejerce su primor y más si no obligamos a la conjugación con la escritura, expresión de la elaboración, de la abstracción vigente de la realidad, que significa en todo su esplendor la comprensión del mundo en invención constante, expandiendo las fronteras al entendimiento, al intelecto, al cerebro humano.

El lenguaje refinado del hombre, superada su esencia instintiva mediante la escritura y la gramática es lo que abre la puerta de la comunicación; es lo que afirma Samuel Beckett cuando escribe: pienso que el lenguaje sirve para muchas cosas menos para comunicarnos.

Aún cuando el hombre ha decodificado tanto su lenguaje digital como analógico, ha requerido de la interpretación que ya es de por sí una función humana inigualable, susceptible de mejorar precisamente a través de la lección de  contenidos que cierran el círculo virtuoso del por qué y para qué de la lecto-escritura en su tarea de expandir el mundo.

En el espacio social, las instituciones familia y escuela tienen la responsabilidad de nutrir al individuo particular de este especial alimento, de generar el hábito y convertirlo en convicción autogestora. Al respecto descubrimos el valor de la expresión de Ludwing Wittgenstein: los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.

Está aquí expresada la responsabilidad de cada persona de generar los medios exigidos por cada contexto social, para mejorar su inteligencia, en el concepto de adaptación de Jean Piaget, según el cual, la persona es capaz de ser cada vez más inteligente en un proceso infinito.

Si bien es cierto que la acción sobre el mundo, según Piaget, hace que tanto el individuo como el mundo cambien, sin duda los libros, en tanto síntesis de experiencias humanas y propuestas para vivir la realidad y la fantasía creativa y recreativa, son opción inmejorable. Leamos. 


r_esparzac@yahoo.com.mx