Tiempo vivido

Violencia y deporte

Estaremos de acuerdo con las aseveraciones aportadas por la investigación sociológica del deporte, en el sentido de que éste es expresión concreta, civilizada y funcional de ejercer violencia, o de la tarea de controlar la agresividad inherente al ser humano,  que antes, encontraba expresión plena en las guerras.

Es la razón de que en la mayoría de los deportes haya un alto factor de competitividad, lo que implica el uso de la fuerza corporal o la explosión de las habilidades no militares, pero también reglas que imponen a los contendientes el propósito de reducir el daño físico al mínimo, dadas las características del deporte en particular.

Por eso resulta interesante la pregunta que ha planteado Norbert Elias ¿Qué clase de sociedad es ésta en la que cada vez más gente utiliza parte del tiempo libre en practicar y observar como espectadores estas competiciones no violentas de habilidad y fuerza corporal que llamamos deporte? Especialmente contrastada con el resultado de otras investigaciones interdisciplinarias que nos llevan a afirmar o al menos creer, que vivimos uno de los periodos más violentos de la historia; incluso que la “civilización” podría sucumbir bajo la avalancha de crímenes y violencia, que ha obligado al estado a hacer uso extremo del monopolio de la fuerza que posee  y de buscar salidas de orden constitucional, legislativas operativas y de manejo del ocio para erradicar la violencia, contradictoriamente  disminuyendo las oportunidades para la violencia ritual socialmente constructiva, al permitir la concentración en determinados sectores, de los grandes negocios monopólicos, como es el caso del futbol soccer, que ha construido estrategias para que se implante e inculque incluso inocule  en la nuevas generaciones casi como la única alternativa, construyendo falsas identidades vía prácticas de mercadotecnia y otras cosas más peligrosas según ha salido a relucir.

Cuando nuestra comunidad era pequeña la segmentación se reflejaba en el número de plazas diferenciadas en el estadio y las trifulcas que se formaban. Al aumentar la capacidad del estadio, pareciera diluirse la segmentación y que en la funcionalidad de la identificación con el equipo, la violencia decreciera.

Es ilusión, baste observar como en el fenómeno de la celebración, cuando los segmentos se reconocen en los barrios y colonias y extralimitan sus espacios, la violencia aparece en la borrachera, la simple espuma sobre el rostro o en el maltrato de carros y más actos disfrazados de alegría futbolera, que no tienen sanción legal. 


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