Tiempo vivido

Marionetas que desearía Rosete Aranda

En 1882, en tanto México vivía el intervalo durante el cual Porfirio Díaz ocupó la Secretaría de Fomento y preparaba su regreso a la Primera Magistratura, en la cual perduraría hasta que la Revolución Maderista obligó a su renuncia en 1911, Carlo Collodi publicaba Storia di un Burattino, cuyo personaje realiza el sueño del viejo fabricante, de que su marioneta preferida cobrara movimiento con independencia de la voluntad de quien jalara los hilos. Idea contraria a la que desarrolló Díaz, la cual le permitió gobernar por treinta años, merced a su creciente habilidad de hacer que gobernadores, diputados y senadores hicieran incondicionalmente, lo que él decidiera, jalando sólo dos hilos: el de la represión que podía llegar al asesinato real o político y el de la corrupción, que generó una élite plutocrática, coludida y al servicio de la inversión extranjera.

Tendría Díaz 20 años, cuando se fundó la Compañía Rosete Aranda. Los propietarios Antonio y Luz María, tuvieron cinco hijos, entre ellos Leandro y Tomás quienes al tiempo se encargarían de la famosísima compañía, misma que ofreció función especial a Díaz en 1891, representando con sus estupendas marionetas el Grito de Independencia. Andado en gira, Leandro Roste murió y fue sepultado en San Pedro, Coahuila en octubre de 1911; noticia que consternó al mundo del arte de México y motivó comunicación de condolencias a la familia por parte del presidente electo Francisco I. Madero. Permítanme hacer curiosa digresión e irrespetuosa asociación de ideas, porque Madero, como Geppetto, también soñó; que mediante el Sufragio Efectivo y la No Reelección, las Cámaras Legislativas, dejarían de ser un teatro de marionetas que obedecieran a los hilos del Presidente.

Si bien es cierto ha habido momentos de auténtica discusión parlamentaria, concretamente, durante la gestación de la Carta Magna del 17, estos diputados, que manifestaron visiones y sustentos ideológicos disímiles, fueron todos electos de las filas constituyentes. De ahí en adelante las discrepancias han sido pocas veces sustentadas en posturas filosóficas o ideologías distintas. Las diferencias han estado motivadas por razones e intereses económicos y de salvaguarda de las canonjías de partidos y de grupos, por sobre los intereses nacionales; salvo estos últimos tiempos en que esos mismos intereses han unificado su voluntad y la han alineado al deseo extra-nacional. Quizá porque se ha extinguido, finalmente, cualquier resto del espíritu revolucionario y se ha encendido el pebetero de la triunfal globalización a la cual se le entrega los hilos de la nación, dando muerte a la Constitución de 1917.

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