Tiempo vivido

Carballo y Arreola y su diálogo trascendente

Hizo medio siglo, abril de 1964, en algún lugar del universo, que Emmanuel Carballo, entrevistó a su coterráneo Juan José Arreola. ¡Quién iba a decir! que 50 años después, también en abril, dejaría Carballo para siempre el papel de periodista que jugó en aquella ocasión en que abrió su diálogo con la interrogante: ¿cuáles fueron los primeros textos que despertaron tu entusiasmo de lector?, pregunta inteligente que informa por sí, dos cosas: su amistad con Arreola, y que un escritor es, ante todo y necesariamente, un acérrimo lector.
Arreola, once años mayor que Carballo, respondió: “…el poema El Cristo de Temaca”, aprendido de memoria de tanto escucharlo repetir a los muchachos del quinto año, grupo al que asistía acompañado a sus hermanos, cuando no sabía leer, ni estaba inscrito en la escuela: “…escuché aquellas palabras armoniosas, aquel lenguaje distinto al que oía en las calles. En casa,…en un momento de entusiasmo,… me puse a recitar… Me acuerdo que curiosamente yo no aprendí a leer: las palabras me entraron por los oídos… El primer libro que manejé fue el libro de primer año y no el silabario. A partir de ese momento, sentí voraz amor por las palabras…”.
Inició Carballo su escrito, expresando que cuando lo conoció, había reconocido en él, (hecho poco frecuente),  al autor de cuentos: “Se conducía como una de sus criaturas, hablaba como ellas y, como ellas, no distinguía entre la imaginación y la realidad”. Lo había conocido primero como escritor a través de Varia invención (1949) y Confabulario (1952) y luego como persona de carne y hueso: “me produjo un efecto estético deslumbrante. Admiré la manera como estructuraba los cuentos, creaba a los personajes e infundía vida a las anécdotas mediante un estilo que se acercaba peligrosamente a la perfección”. Expresiones que pintan de un trazo la  estatura de Emmanuel, quien al conocer a Arreola (1953), era becario del Centro Mexicano de Escritores; luego de El Colegio de México (1955); y en ese momento ampliamente reconocido como  impulsor de la literatura mexicana; fundador de revistas, colaborador en varios periódicos, profesor de la UNAM y  con más de veinte libros de ensayo, antologías y crítica literaria. En cambio Juan José, autodidacta, trabajó en tiendas de abarrotes, papelerías etc., mientras se convertía en un león de los libros y vendió su máquina para ir a México, conocer a Villaurrutia, Usigli, Wagner, Paz, Chumacero, y regresar a Zapotlán a escribir su primer cuento: “Sueño de navidad”. Eran dos grandes de la literatura en una charla, en un duelo de inteligencias, de sensibilidad, y de sincero respeto a la auténtica calidad profesional y humana.


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