Articulista Invitada

Hechos, percepciones, opiniones y la ética del periodismo

La representante israelí analiza el papel de la prensa ante hechos tan complejos como el conflicto entre su país y Palestina.

Hace algunos días se publicó en las páginas del periódico MILENIO una caricatura muy ofensiva, representando al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, vestido de nazi, portando bigotes de Hitler. Sumado al prejuicio y la distorsión irresponsable de hechos y circunstancias, añadir equívocos al describir el conflicto actual entre Israel y la organización terrorista Hamás, la provocación que conlleva, levanta de inmediato la cuestión de la ética periodística y de los límites aceptables del debate público.

En los tiempos de la globalización y de la ampliación de las fuentes y de los recursos de información, se exige una reflexión seria sobre el papel del periodismo en la construcción de una cultura que fomenta la convivencia, el entendimiento mutuo y la democracia.

En mi opinión, los medios tienen que contar en primer lugar con una responsabilidad profesional seria, bien informada y rigurosa. Su tarea debe ser proporcionar la información correcta que permita a los lectores conocer la realidad, alejándose del prejuicio y de las descalificaciones. De igual modo, su compromiso debe ser con fomentar un debate público digno, que respete las opiniones de todos, pero —al mismo tiempo— evite el argumento ofensivo, peyorativo o denigrante. Es insostenible hoy por hoy reflotar el argumento que convierte a la víctima en victimario y que tuvo su origen en el alineamiento político internacional que polarizó aún más el Medio Oriente. Si el gran tópico, hoy universal, de los derechos humanos se construyó sobre las cenizas del Holocausto nazi del pueblo judío, trasplantar imágenes como las de esta caricatura a poblaciones y liderazgos que enfrentan el desafío de hallar un camino de convivencia es, a todas luces, insostenible.

Dicho esto, quisiera referirme a los acontecimientos actuales en Israel y en la Franja de Gaza. Aunque, probablemente, hoy en día es imposible contar una historia que sea aceptada como autoridad informativa por todos, trataré de describir los hechos de la realidad muy compleja de mi país:

En las últimas dos décadas, Israel se enfrenta con circunstancias que han cambiado y que llevan a conflictos con fuerzas de guerrillas y con actores no estatales, como son los casos de Hezbolá y de Hamás, que operan de manera cínica dentro de áreas pobladas con el objetivo de limitar las posibilidades de acción militar israelí. El lanzamiento de misiles y cohetes por parte de Hezbolá durante la segunda guerra del Líbano en 2006 puso en evidencia el hecho de que el frente civil se ha convertido en parte del campo de batalla. En paralelo —desde el retiro por completo de Israel de la Franja de Gaza (2005) y el establecimiento de un gobierno de Hamás (2006), que no reconoce a Israel, rechaza todo entendimiento entre palestinos e israelíes y protege a otras organizaciones terroristas como la Yihad islámica, que operan desde el territorio de la Franja— las amenazas y ataques a la población del sur de Israel con el lanzamiento cohetes y misiles han crecido constantemente.

El actual conflicto con Hamás, así como la operación Plomo fundido (2008-09) y la operación Pilar defensivo (2012), han puesto en evidencia, una vez más, la constante amenaza del lanzamiento de cohetes y misiles de variado alcance bajo la cual vive la población israelí. En realidad, la estructura de la vida cotidiana de más de la mitad de la población (que en total es de ocho millones de habitantes) está siendo afectada y perturbada en el conflicto actual por el creciente alcance de éstos.

Siendo Israel un país con una superficie de 22,000 km cuadrados, el desarrollo de una “defensa activa” eficaz y flexible, que cobra forma en diferentes capas de defensa antimisiles, ha figurado entre las prioridades del gobierno israelí; entre otros, de allí “nació” el sistema antimisil Cúpula de hierro, para alcances de hasta algunos cientos de kilómetros. Durante las últimas semanas, el sistema Cúpula de hierro, que entró en función hace dos años, probó ser de una gran eficacia para proveer una robusta defensa.

Al mismo tiempo, dicha situación asimétrica nos expone a problemas éticos y morales que son el resultado de la necesidad de actuar dentro de la ley y de redefinir la legitimidad de nuestras acciones. En este sentido, vale la pena destacar el proceso de madurez democrática, que ha llevado a la sociedad israelí a crear códigos de conducta en ciertas áreas de su sistema de gobierno y administración estatales a lo largo de las últimas dos décadas. Esta necesidad proviene del seno de los aparatos estatales mismos, como lo son el ejército y las fuerzas de seguridad en general, internalizando así la necesidad de construir un consenso en torno de la conducta apropiada de los profesionales en dichos sistemas, como rasgo distintivo de una sociedad democrática.

En el caso del ejército, los dilemas y desafíos con los que se enfrenta han cambiado, transitando del clásico campo de batalla a conflictos asimétricos que incluyen a poblaciones civiles. Como consecuencia, surgió la necesidad de establecer un código ético militar que precise el debido uso de armas solamente para objetivos militares justificados y en casos de defensa propia, no para cometer crímenes de guerra o contra la humanidad. Frente al terror y ataques de Hamás, el ejército no ejerce ninguna política de exponer a civiles como blanco intencional; al contrario, evita, en la medida de lo posible, atacarlos y hace todo para notificarles a tiempo de una próxima intervención en su vecindad. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos realizados por el ejército, hay también situaciones en donde lamentablemente ciudadanos se ven severamente afectados.

Como en toda democracia, el ejército actúa bajo las direcciones del gobierno, cuya responsabilidad es proteger a sus ciudadanos. Por su lado, el gobierno cuenta con todo el respaldo ciudadano mientras mantiene y opera una política responsable, usando las medidas con las que cuenta una democracia dentro del marco de estado de derecho y enfrentándose con situaciones de contrincantes desiguales. Al final del día, Israel no está interesado en un deterioro de la situación regional; al contrario, estamos bien conscientes del sufrimiento dentro de la población de Gaza. En realidad, esperamos llegar no solo a un cese del fuego temporal, sino a un entendimiento a largo plazo que asegure la eliminación de la amenaza de misiles y la convivencia pacífica en ambos lados de la frontera con Gaza.

A ello, la palabra y la imagen periodística solo pueden contribuir con seriedad, respeto y compromiso informado.

Embajadora de Israel en México