Estados

A ver, esto no se vale. Definitivamente no. Si uno se quiere hacer el chistosito y escribir babosadas que suenen a ironías, pues es necesario pensarle un ratito, leer la prensa, ver qué no cuadra, decidir el tema, el lenguaje y a darle. Bueno, se puede decir que hasta para escribir babosadas hay que estudiarle un poquito.

Pero luego llega la realidad y te dice “quítate que ahí te voy”. Y eso es lo que no se vale. O sea, ya cualquiera, bueno, no cualquiera, puede llegar y decir chistes malos, decir tonterías, hacerse el gracioso y esperar a recibir aplausos.

Y los recibe, para eso se inventó la función del aplaudidor acarreado. Y se ríen de sus chistes malos, porque para eso se inventaron las tortas hilarantes consumidas con antelación por el “honorable público asistente”. Además, si ya llegaron hasta ahí en autobuses, después de madrugar, con torta y refresco, pues qué más hacen: a reír y a aplaudir, como cuando van al circo y se aparecen los payasos en sus bicicletitas.

Aunque pensándolo bien, la profesión de cuentachistes involuntario debe tener algún mérito. Y requiere de una enorme autoestima. De hecho, la autoestima tamaño gigante debe ser un requisito indispensable para quienes se dedican a esa noble profesión puesta al servicio de los más necesitados de risa.

Usted imagínese que llega rodeado de una enorme cantidad de achichincles, seguidores y personas con un alambrito que les sale, o les entra, según, del oído, a un lugar atiborrado de gente sudorosa que lo persigue con sus teléfonos celulares con el que le toman fotos.

Sabe que ese lugar es inaccesible para los no acarreados, perdón, invitados. Kilómetros y kilómetros a la redonda, el sitio se encuentra custodiado por miles de policías federales, estatales y militares. Un enorme despliegue de vehículos, nóminas, médicos, periodistas, gasto, gasto y más gasto.

Todo para que lo escuchen.

Por el solo hecho de llegar apresurado y sonriente, la gente comienza a aplaudirle, como si  hubieran ensayado el “nutrido aplauso”, mientras del sonido salen unos gritos que de tanto oírlos ya casi lo tienen sordo.

Y entonces le toca hablar. La gente calla, lo mira con atención, le toman fotos, los miles de guaruras aguzan las miradas, quienes le acompañan en el presídium voltean hasta donde se encuentra y le sonríen. Expectación.

Y qué dice. Pues para no defraudar inventa un trabalenguas. No es fácil. No cualquiera. Inventa estados, intercambia gobernadores y ¡listo!, el esperado aplauso.

Termina felizmente una jornada extenuante..

roberto.castelan.rueda@gmail.com