Simio

Un ex funcionario panista le llama “simio” en redes sociales a un futbolista que acaba de llegar a echarse una cascarita al Querétaro.

Ávidos por dar la nota, los funcionarios y ex funcionarios panistas son capaces de hacer cualquier cosa para que la gente se fije en ellos. A falta de resultados como políticos, pronto descubrieron que para ser populares, estilo Bart, la nota está en la página roja, en la de sociales y en la de deportes.

Buenos estudiantes en sus colegios católicos, capaces de reciclarse cuando las cosas no andan muy bien, los panistas actuales, diestros en el manejo de iPhones, y en el rápido uso del lenguaje propio de sus correligionarios, ocupan por las buenas o por las malas, la atención de los noticiarios, las columnas políticas y el enorme lavadero postmoderno en el que están convertidas las redes sociales.

En pleno apogeo de la sociedad del espectáculo, no dudan en colgar sus viejos hábitos, rosarios y escapularios incluidos, en dar la espalda a sus antiguas maestras de catecismo con todo y sus infaltables guitarras y en abandonar el vocabulario de usted disculpe, si Dios quiere y con permiso, con tal de pasar a formar parte del Olimpo mediático.

Cuando un gobernador del Estado, por más borracho que sea, al fin y al cabo es su vida privada, se diría ahora, le mienta la madre a quienes pagan su salario y una bola de empresarios de caricatura le aplaude por tan simpática mentada, los límites se rompen y el escaso respeto de los ciudadanos a los funcionarios y viceversa, pasa a convertirse en un formulismo sin sentido.

El todos somos iguales que debería aplicarse en otras circunstancias, se convierte en la regla común del espectáculo de las mentadas y las nalgas: mírenme, soy su gobernador, pero soy tan humano y naco como cualquiera de ustedes.

Agarrar nalgas y golpear maridos, organizar orgías con abundancia de alcohol, prostitutas  y baile cachondo para festejar una reforma política, promover el racismo y la misoginia, son actitudes que los antiguos adalides de la liga de la decencia han adoptado para, según ellos, igualarse al ciudadano que representan.

Sus antiguos pruritos a la corrupción, la vulgaridad asociada a la prepotencia que antes se relacionaba exclusivamente con los políticos priistas terminaron convirtiéndose en aliados que los vuelve “populares”, cercanos a sus electores y los hace más humanos.

Lejos de convertirse en un ejemplo al servicio de la educación para los jóvenes, los políticos promueven lo contrario.

Y cobran caro por ello.

roberto.castelan.rueda@gmail.com