Señito

Señito, por favor, no nos regañe ¿no ve que somos bien pobres y eso nos hace majaderos?

Juan Rulfo, un escritor, a lo mejor usted oyó hablar de él alguna vez. Sí, sí, sabemos que usted está siempre muy ocupada como para oír hablar de escritores y esas cosas, perdón. Bueno, él, Rulfo, el escritor, escribió un cuento que se llama “es que somos muy pobres” y aunque ya han pasado algunos años, créanos señora, que en este país esas personas existen.

Por eso nos cuesta trabajo entenderla. Por eso nos entristece que usted, tan bonita, con sus cachetitos sanos y rozagantes se enfurezca con nosotros y nos lance, a través de la tele, esas miradas tan fulminantes que la vuelven un poquito fea.

Nos daría mucho gusto que usted estuviera actuando cuando le daban ganas de manotear y hasta de golpear la mesa. Cuando agachaba su vista, ah, su hermosa vista, y buscaba en los papeles la respuesta que no tenía en la boca.

Ojalá sí estuviera actuando, cuando endulzaba la voz para referirse a su familia, a sus hijos, a su marido, así sabríamos que no estaba tan enojada con nosotros y que todo era parte de un montaje para hacernos sufrir un poquito con el látigo de su desprecio.

Perdónenos por favor si la hicimos irritar al preguntar sobre su casa. No queremos mancillar su honorabilidad. Sabemos, si lo sabremos, que el hogar es sagrado, lo más íntimo que tienen un hombre y una mujer para estar juntos. Pero es que tiene usted una casa muy bonita y pues, como por aquí somos muy pobres, quisimos saber si era real su castillo de princesa enamorada.

Uno, como ignorante que es, no sabe mucho de esas cosas. Solo de vez en cuando las vemos por la tele, pero pensamos que no son reales, que son parte de un hermoso sueño al cual, hasta nosotros podemos aspirar. Usted sabe, la magia de la televisión.

Pero por favor, no se enoje con nosotros. Quiéranos con todo y nuestros defectos, incluido el de la pobreza, el más nefasto, el más perverso de ellos. Pero usted sabe, es un defecto que cargamos en castigo a nuestros pecados, a nuestra desidia, a nuestra flojera, a nuestra falta de amor al trabajo.

Perdónenos por favor, no volveremos a molestar la sagrada tranquilidad de su familia. Al contrario, estamos muy agradecidos con usted por darnos algunos minutos de su valioso tiempo. Nosotros que somos tan pobres.

Y usted tan lista.

roberto.castelan.rueda@gmail.com