Regidora

La regidora llegó agitada a su oficina, atravesó salas y pasillos sin saludar y dio un portazo tras de sí, ante la expresión congelada, sin aliento y la mirada temerosa de los empleados que le pertenecen.

La regidora se sentó de golpe en el elegante sillón de piel y alto respaldo. Aventó su bolso a una silla y se concentró en la perilla de la puerta como si esperara la llegada intempestiva de alguien.

La regidora estaba al acecho. No sabía bien de qué o de quién. Comenzó a golpear rítmicamente sus largas y decoradas uñas en el grueso vidrio de su escritorio. De repente detuvo el juego de sus dedos y observó fijamente sus uñas. Las encontró largas, hermosas, bien decoradas con infinidad de flores, mariposas y nubes multicolores.

La regidora pensó en la ingenuidad de quienes creían que sus floridas uñas eran postizas. Pendejos, musitó, mis uñas, como todo lo mío es natural y quien no lo crea puede atenerse a las consecuencias. Su respiración volvió a agitarse. Enseguida descubrió la razón: un duro moco impedía el libre flujo del oxígeno.

La regidora maldijo a los ineptos de ecología. Tanta contaminación en el centro de Guadalajara provocaba que se le secaran los mocos con las consecuencias ya descritas. Además, sus afiladas uñas no podían extraer tan molesto y sólido objeto.

La regidora con tono enérgico gritó un nombre. Quien respondió al nombre entró presuroso y apenas alcanzó a musitar algo que ni él mismo entendió y sudando esperó la instrucción de su dueña.

La regidora le ordenó al empleado suyo de ella sacarle inmediatamente y con cuidado el moco que al final resultó un tanto pegajoso y gelatinoso provocando un leve chasquido al salir.

La regidora volvió a quedar sola en su oficina. Necesitaba relajarse para enfrentar la dura jornada que le esperaba. Para hacerlo recurrió a su entretenimiento favorito: abrió las piernas y subió una de ellas al sillón, inmediatamente apareció un hermoso par de huevos, relucientes, un poco erizados, adornados con gruesos pelos enchinados.

La regidora tomó dos de esos pelos y los fue enroscando lentamente en el sentido de las manecillas del reloj en una de sus largas uñas para inmediatamente desenrollarlos moviendo el dedo en sentido contrario.

La regidora estuvo así un tiempo, enrollar, desenrollar, enrollar, desenrollar, hasta que sintió una tranquilidad embriagadora apoderarse de su cuerpo. Paró el movimiento, y puso el par de perfumados huevos en la palma de su mano.

La regidora esbozó una sonrisa maliciosa.