Prócula

Ese día soñó demasiado. Más de lo normal porque sus sueños eran agitados, semejantes a alucinaciones y por alguna razón los sintió amenazantes, tanto como para contárselos a su marido.

Dicen que en su sueño incluyó corderos, peces y ejércitos, pero cuando se los contó a su poderoso marido, sudaba copiosamente como si hubiera soñado en la furia desatada de los dioses, en volcanes que llenaban las ciudades de piedras ardientes y que ella, su amado esposo, sus poderes, enormes mansiones, sirvientes, y todos sus conocidos fallecían.

O tal vez sus sueños fueron eróticos, pero ella inventó corderos, peces y ejércitos.

Su marido casi no la tocaba. Prefería a las otras. Más jóvenes o más viejas pero menos malhumoradas. Menos solemnes. Más dispuestas a complacerlo cuando, muy rara vez, en sus alocadas borracheras en donde soñaba con llegar a ser César, esas mujeres le permitían juegos eróticos dignos de los fieros comandantes de las legiones romanas.

Ella no podía permitir, mucho menos provocar, semejantes aquelarres. Esas risas, esas posturas, esa que a ella le parecía insolente desnudez, le provocaba primero enojo, después unos largos estados de melancolía que su marido asociaba a su presencia.

Envidiaba la vida de los judíos. Si bien comerciaban y criticaban a sus semejantes durante buena parte del día, también dedicaban horas y horas a profundas oraciones asociadas a ritos en donde sacrificaban corderos, en honor de un solo dios, al que temían.

Le gustaba la piedad de sus mujeres. Atentas al marido, cuidadosas de cada detalle de su vida en familia. Sin orgías, sin esas desenfrenadas persecuciones nocturnas en donde la pasión y el vicio podían olerse.

Prócula se pensaba diferente. Destinada a cambiar el curso de la humanidad. Por eso ese día llegó corriendo a donde su marido juzgaba a un judío acusado de cosas que sólo los judíos entienden.

Y le platicó el sueño de los borregos, los peces y los ejércitos. Pero su marido apenas quiso escucharla. Le dijo que la llevaría con su amigo, el caldeo Marduk para que la ayudara a interpretar sus febriles sueños. Se sintió culpable.

Años después, muchos años después de su muerte, la acusaron de ser el instrumento del diablo para que en la tierra no se consumase la obra que había sido decidida en las alturas.

Ella hizo lo único que podía hacer: contar su sueño. Por eso la iglesia griega la celebra el 26 de octubre. Y de este otro lado del planeta hay vacaciones. De Semana Santa las llaman.

roberto.castelan.rueda@gmail.com