“Poninas…

Dijo Popochas…" el lenguaje vulgar y críptico de los mexicanos hace que éste sea uno de los más difíciles del mundo. Con esa idea dando vueltas por su cabeza, Horatio fue sorprendido cuando entró a la improvisada morgue, por la sonrisa irónica de la hermosa morena, siempre con protectores de plástico para los ojos, encargada de las autopsias.

Haz tus obscenos pensamientos a un lado, le dijo, porque aquí están sucediendo cosas muy raras. Nuestro cadáver se ha convertido, de la noche a la mañana, en el muerto más popular de toda esta región. Extrañas y misteriosas siglas han venido a preguntar por él.

La SEMADET, la CEA, la CONAGUA, la CNDH, la SSJ, el IJCF  y otras absurdas siglas extrañamente se han interesado por el cadáver.

El siglo de las siglas, susurró Horatio parafraseando al gran novelista, activista y eterno preso político cuyo centenario se aprestan a festejar los mexicanos. Siglas que tal vez oculten oscuros propósitos.

¿Por qué nadie se interesó en él mientras vivió? ¿Por qué el ferviente interés de todas esas siglas sobrevolando su cadáver cual hambrientos zopilotes? ¿Quién podría estar obteniendo algún provecho de la muerte del Popochas? Horatio se acercó al cadáver entrecerrando los ojos, como si quisiera penetrar en su mente para interrogarlo.

Envíame cuanto antes los primeros análisis que nos puedan dar una pista para comenzar a esclarecer las verdaderas causas de su muerte, le dijo a la hermosa morena, mientras bajaba la mirada hasta la altura de sus firmes glúteos.

Esta era una práctica muy común entre algunos funcionarios mexicanos, rápidamente adquirida con gran regocijo por Horatio.

La morena rió sarcástica. Tendrás que esperar sentado, nuestro ultra moderno equipo no funciona a toda su capacidad, los problemas de voltaje y conectividad de la ZMG nos impiden procesar los resultados a la velocidad requerida. Si esto sigue así, nos veremos en la necesidad de empacar toda nuestra avanzada tecnología y volver al mechero bunsen, como aún se practica por acá.

Horatio hizo una mueca y entrecerró aún más los ojos, dio media vuelta y avanzó hacia la salida. En ese momento se dio un madrazo en la pierna, a la altura de la rodilla, contra una vieja mesa de fierro. Sus ojos entrecerrados le impidieron ver el sólido obstáculo justo a la salida de la improvisada morgue.

Intentó disfrazar la mueca de dolor y se llevó los lentes a los ojos mientras pensaba: las oficinas mexicanas siempre tienen una vieja mesa de fierro gris.

Este asunto se complica.

roberto.castelan.rueda@gmail.com