Poeta

Mi amigo José Alberto Medina se enamoró de una poeta gorda*. Y así le fue. Estaba loca y se lo comió de un solo bocado, como se come un canapé. Hasta los dedos se chupó.

Mi amigo ya estaba predestinado a sufrir, a pasar su vida en las cantinas, entre alcohol y mariguana, brindando con desconocidos, hermanos de la misma pena.

Digo que estaba predestinado porque mientras lo gestaba, su madre, con el peso encima y los movimientos arrítmicos de su padre,  pensaba en Pedro Infante, específicamente en el personaje del compositor José Alberto Medina, cuyo nombre mi amigo porta con gallardía. Como debe de ser.

Pero mi amigo sustituyó las cantinas, el tequila y el mariachi por el Caligari, el whisky con mota y la música de un tal Calamaro “…la moneda cayó por el lado la soledad, otra vez”. Cada quien sus gustos pues. Y usted no tiene por qué andar criticando a mi amigo porque ni lo conoció, ni conoce su desgraciada historia.

Ya José Luis se la irá contando de poco a poco. Cuando la lea, usted no querrá separarse del sillón y si es un tanto sensible, hasta algunas lagrimitas se le van a salir por ahí, discretamente.

El señor Medina, mi amigo, como le decía la pinche vieja gorda esa y el cabrón descastado de su jefe, era un tipazo, y si no fuera porque se enamoró hasta las cachas, o al menos eso creía, como se enamoran los verdaderos hombres en este país cuyas madres cogieron silbando amorcito corazón mientras el marido ponía sus mejores 20 segundos de esfuerzo, todavía andaría por ahí, fregando la borrega con sus catarsis amorosas.

Pero para qué le sigo contando, mejor entérese usted mismo de lo que vivió y padeció en estas calles tapatías llenas de mariguanos en bicicleta que te ven a través de sus lentes de pasta de colores made in china, mientras zigzaguean y contestan sus iphones, nunca blackberris, esos son para empresarios.

Mi amigo José Alberto Medina, en un día de indignación y rabia, visitó al pueblo mágico donde habita el dolor y los jóvenes muertos son ignorados. De ahí escribió un texto sin saber que sería el preámbulo de su ascenso y simultánea caída.

Mire, mejor vaya y compre el libro sobre la historia de su vida. Búsquelo bien, usted sabe que las editoriales independientes, las que publican buenos libros, no tienen mucho espacio en las librerías.

 

*La Poeta gorda, José Luis Valencia. Rayuela, diseño editorial. Guadalajara 2014.   


roberto.castelan.rueda@gmail.com