Papá

Liza y Bart, después de pasar muy contentos un sábado en compañía de Homero, corrían y saltaban por toda la casa mientras gritaban eufóricos “¡papá divertido, papá divertido…!”

Este recuerdo televisivo llega después de oír el audio del papá oficial del sexenio en donde éste, como buen papá divertido, quiere conducir a su vástago de la mano hasta lograr en el 2018 el anhelado relevo de copetes presidenciales.

La ley, qué es la ley para un papá divertido que consigue pases VIP para que sus hijos se diviertan sin necesidad de  hacer cola. Sobre todo cuando lo que está en juego son seis años gratis de gel “moco de gorila” presidencial.

No, nada se puede atravesar en el camino. Para ello, el Tribunal Electoral del Estado ya está bien aceitadito, listo para dar el primer paso rumbo a la “Silla del Águila” ¿o era el Águila en la Silla? Sí, como en el libro escrito por… ¿quién? ¿o es una imagen que sale en la Biblia?, bueno, bueno, dejémonos de discusiones literarias sobre sillas y águilas que no llevan a nada bueno y centrémonos en lo esencial: un buen papá divertido es capaz de hacer cualquier cosa por un hijo agradecido.

Aunque para ello tenga que violar la ley. El “tenga que” es algo que se debe hacer. Un imperativo categórico. Un deber de padre, pero también, un deber de ciudadano consciente de que su muchacho es lo mejor que le puede pasar al país.

Entonces ¿qué se le puede criticar a un padre en busca del bienestar de su chiquillo? ¿De qué se le acusa? ¿Quiénes son aquellos desalmados, es decir, sin sentimientos, sin alma, que ni tienen cuerpo ni tienen corazón, capaces de criticar a un padre preocupado por el futuro de su hijo?

Un papá divertido que no es capaz de velar por el futuro de su escuincle, no tiene cara para llamarse padre. Podrá ser cualquier cosa, menos un padre.

Baste ver la angustia reflejada en su rostro, la angustiante voz con la que anuncia haber visto igual número de calcomanías pegadas en los carros, para saber que el hombre sufre. Que duda por el futuro bienestar de su familia.

Quien como padre no haya tenido que hacer algo indebido por su retoño, que arroje la primera boleta electoral.

Nadie querría oír a su vástago decirle: padre ¿por qué me has abandonado? Entonces reflexionemos.

La política no está hecha solo de discursos y votos.

El corazón filial también está en juego.

roberto.castelan.rueda@gmail.com