Novo

De Álvaro Obregón decía que tiraba la piedra y escondía la mano, de Villa y Zapata que eran bestias a quienes los escritores les hicieron creer que tenían capacidad de raciocinio, de Carranza que sus barbas y sus lentes eran un disfraz con los que había creado los primeros personajes de televisión y novela mexicana.

Decía que el estado mexicano, el postrevolucionario, el que vivió, había inventado a los héroes, a los mártires, al indio explotado: “Nuestros héroes/ han sido vestidos como marionetas/ y machacados en las hojas de los libros/ para veneración y recuerdo de la niñez estudiosa,/ y el Padre Hidalgo,/ Morelos y la Corregidora de Querétaro/, con su peineta y su papada, de perfil siempre,/ y Morelos con su levita, y sus botas negras y su trapo/ en la cabeza, feroz el gesto, caudillo suriano…”

A sus treinta años, no dejaba títere sin cabeza. Sus críticas al extenso panteón revolucionario hoy parecerían bromas infantiles incapaces de escandalizar a nadie. Sin embargo, hasta hace algunos pocos años, el estado mexicano todavía se tomaba en serio y se creía, o trataba de hacer creer, la vetusta historia de que teníamos héroes capaces de darnos patria y sustento.

Años después, ya viejo y muy bien adaptado al sistema que lo vio crecer, Salvador Novo se convertiría en un garante, adornado de fistoles y grandes anillos de turquesa, de la peor representación del autoritarismo mexicano, encarnada por el presidente conocido después  como el “Carnicero de Tlatelolco”.

Pero eso fue muchos años después. Luego de vivir luchando, abiertamente y en secreto, por defender su homosexualidad, ante los implacables ataques de un estado mexicano que respiraba machismo por todos sus poros: héroes muy machos y brabucones, heroínas muy en sintonía con los machos de sus maridos, valentinas, generales rodeados de putas, burócratas y presidentes presumiendo sus “tigresas”.

Un estado representado culturalmente sobre todo por muralistas que reafirmaban el carácter duro, masculino del estado mexicano, forjado entre magueyes e indios irredentos prestos a destruir a los maricones burgueses envueltos en pieles de zorros.

Por eso, tal vez los esperpentos de su vejez empañaron al gran poeta, narrador y cronista, creador también, junto con Paz, Huerta y Revueltas, de una moderna, y confusa, identidad del mexicano moderno.

Su obra, La Estatua de Sal, no publicada en vida, es la autobiografía reprimida de una sexualidad que se impuso sobre una moral de estado enemiga acérrima de la diversidad sexual.

Los nuevos héroes, los de la nacionalidad destruida,  suelen ser contradictorios y molestos.

roberto.castelan.rueda@gmail.com