Jesús

La vida en la tierra le disgustaba. No se sentía bien en ella. Quizás alguna vez llegó a decir: “Mi reino no es de este mundo”, y se propuso cambiarlo. Al menos en lo que estaba a su alcance, cambiar las pequeñas cosas, el mundo que vertiginoso transcurría a su alrededor.

Se preparó para ello. Desde muy joven escogió su camino. Logró discernir entre lo que quería hacer y aquello en contra de lo que iba a luchar.

Cumplió con todos los requisitos para ser un hombre salvador de su entorno y con ello guiar la vida de sus semejantes. O al menos hacerla mejor, más cercana a la divinidad, alejada de la maldad, la trampa, el cinismo, la deshonestidad, el servilismo.

Llevar una vida humilde, sin tacha, como compañera fiel para iniciar el camino de la salvación, del perdón, el cual, tan lleno de egoísmos, envidias y mezquindades, no iba a ser fácil.

Y él lo sabía. Incluso se mostró dispuesto al sacrificio, un final mas lógico e inmediato, que la misma gloria, a la que se sabía predestinado.

Sin embargo, para lograr su misión de salvador, poco a poco tuvo que transformarse, convertirse en cada paso dado, en la persona odiada, en la acción abominada, en otra persona totalmente ajena al ser inmaculado cuyos atributos había construido durante toda una vida.

Conforme se convirtió en otra persona, en todo aquello que alguna vez había odiado, el mundo dejó de ocultarle sus secretos. Su paulatina caída hacia la maldad le abrió todas las puertas del éxito como éste se conoce aquí en la tierra. Se convirtió en un exitoso y envidiado triunfador, superando a veces con métodos poco ortodoxos y poco ético, todos aquellos obstáculos que podrían llevarlo al fracaso.

La piel se le endureció. Además, todo este camino lo transitó de la mano del amor, no solamente hacia el prójimo, el cual consideraba su misión, sino del amor carnal, del amor desbocado, del amor capaz de llevarte al cielo y al abismo en un mismo viaje.

Ese amor salvaje fue su mayor secreto. Un secreto capaz de convertir a su evangelio en una gran carpa de circo y hacerlo desaparecer para siempre entre el escarnio y la profundidad del olvido.

Resignado a llevar una doble vida, luchó, entre serias crisis de conciencia, para transvertirse en quien alguna vez deseó ser y en recuperar su autoasignado papel de salvador de la humanidad doliente.

Enrique Serna, “La doble vida de Jesús”. Editorial Alfaguara. México 2014.

 

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