Indemnizados

Siendo honestos, sí nos brindaron maravillosos momentos de sano entretenimiento. O sea, sí supieron cumplir con su función de llevarle felicidad a los ciudadanos y hacerles creer que con su voto eligen a sus gobernantes.

Nadie podrá negar que en ese aspecto, realizaron un trabajo impecable. La gente salía a votar feliz y contenta. Inclusive, hubo poblaciones en donde tuvieron la dicha de encontrarse frente a una urna supermoderna, con unos botoncitos acá, bien monos, la cual ahorraba un montón de papel y tinta.

Es más, de continuar por ese camino, esas máquinas podrían ahorrarle al ciudadano el trabajo de reflexionar sobre su voto y hasta le indicarían cuáles son las mejores opciones, las más convenientes a sus intereses.

Eran máquinas muy bonitas, muy brillantes, aceitaditas, lo mejor que le podría suceder a la democracia jalisciense.

Por eso, y solo por eso, los alegres muchachos que la impulsaron merecen ser indemnizados. Pero bien indemnizados, no con las bicocas con las que el pueblo suele indemnizar a su clase política.

De hecho, pensándolo bien, el IFE nunca debió haberse transformado, solo para que estos muchachos pudieran continuar sirviendo a su estado.

Nada de “bonos” de consolación, nada de pequeños incentivos en agradecimiento al trabajo realizado. No, nada de pequeñeces, ellos supieron ver las cosas en grande, como debe ser en una democracia que se respete, y requieren, necesitan, “ocupan” una buena lana como reconocimiento a su lucha a favor del voto universal, secreto y en urna electrónica.

El pueblo debe saber recompensar bien a quien le sirvió, a quien supo poner al servicio de la ciudadanía a su compadre, al amigo del amigo, al pariente lejano, al amigo del alma o de la chamba y a todo aquel cuate en busca de un empleo bien remunerado.

El ciudadano no debe escatimar en el monto de la indemnización. Los servidores electorales tienen gustos caros. Acuérdense que les gusta rentar aviones directos a Cuba con la filantrópica misión de encontrar al unicornio azul.

Quien ha forjado ciudadanía, quien se ha desvelado para que usted deposite su voto en la urna correcta no tiene por qué pasar hambres tan solo por la mala decisión de quienes le cambiaron una letra al instituto.

Por todo ello, es nuestro deber exigir, no pedir, exigir una muy buena indemnización, en millones, no en cientos o miles de pesos para quienes supieron poner sus empresas, sus negocios y sus amigos al servicio de las fatigantes jornadas electorales.

Indemnizar no es gastar, es invertir.

roberto.castelan.rueda@gmail.com