Humor

¿Puede uno reírse de todo? ¿Y mañana todavía podremos reírnos de todo? Estas preguntas deben hacerse. Y ese es el objetivo de este libro. No poner límites al humor que está al servicio de la libertad de expresión, porque ahí, donde el humor se detiene, frecuentemente la plaza se deja a la censura y a la autocensura. Ni las religiones y sus integristas, ni las ideologías y sus militantes, ni los bienpensantes y sus prejuicios, deben poder obstaculizar el derecho a la caricatura, así ella sea excesiva" Esta frase es de Cabu, uno de los más grandes caricaturistas franceses asesinado en París, junto con otras 12 personas en las oficinas del semanario Charlie Hebdo en donde trabajaba.

Hasta ahí llegó la mano del fanatismo y la intolerancia para asesinar a seres humanos armados de lápices y papel con los cuales transmitían semanalmente humorísticos mensajes en contra de la intolerancia, la prepotencia de los hombres del poder y en defensa de la libertad de expresión.

A los líderes políticos y a los líderes religiosos les espanta el humor. Le temen a la sátira más que a nada en el mundo. Nada atenta contra sus creencias más que la verdad expuesta a través de una caricatura o de un escrito satírico.

Ante el humor y la sátira quedan expuestos.

Les aflora la rabia. Caricaturizados se ven como lo que son, desnudos, de cuerpo entero, en su humilde, aunque les duela, naturaleza humana.

Sin sus ropajes ridículos, portados para establecer una distancia entre el ciudadano común y sus encumbradas posiciones construidas a base de hipocresías y engaños, no son nadie.

Ni la censura, ni la autocensura, ni las intimidaciones, ni las agresiones violentas, deben detener la crítica ácida, devastadora, corrosiva del humor y la sátira. La ridiculez y la falsedad de las posturas solemnes de los hombres y mujeres del poder, deben ser combatidos desde la trinchera del humor.

Para la democracia, es vital el que sus ciudadanos se puedan reír, puedan mofarse de quienes los gobiernan, terrenal y espiritualmente. Los fanatismos de los creyentes, de los militantes, de los bienpensantes, como dice Cabu, deben ser erradicados de las sociedades democráticas.

Para vivir en plenitud, son necesarios los niños de la historia de Anderson capaces de advertirle a los súbditos que el rey que los deslumbra e intimida va desnudo.

Necesitamos libertad para poder reírnos de todo. Y para asegurar que mañana también podremos reírnos de todo.

Sin ella, el mundo se hará inhabitable.

Alto a todos los fanatismos.

roberto.castelan.rueda@gmail.com