Hugo

De muy niño desoyó lo que pudo convertirse en un consejo. Afortunadamente, porque ahora, Hugo va por la vida tan campante con sus versos, “haciendo los días”, y permitiendo que ellos lo vayan haciendo, con la seguridad de que si se lo preguntan, responderá que volvería a ser poeta.

En ese tiempo vivía con su abuela, la inolvidable referencia cotidiana, culinaria, ejemplar imagen de Lagos de Moreno, con sus quietas tardes y sus monjas cachondas capaces de distraer del sonido de las campanas de la tarde, al hombre viejo que deslizaba sus pasos en la aburrida plaza laguense.

Hugo se acercó al viejo y distraído farmaceuta, peló los ojos y se dirigió al hombre vestido de ropajes negros, de poeta de pueblo: “Señor, señor, ¿que usted es poeta?”, le preguntó el niño lleno de emoción. El gran poeta laguense Francisco González León, extendió su mano y alborotó el pelo del niño Gutiérrez Vega, quizás Huguito en ese tiempo: “Pues sí mijo, pero no lo vuelvo a hacer”, recibió como respuesta el chiquillo.

Ese recuerdo nunca se convirtió en lejano. Al contrario, es la esencia viva de la continua, inagotable, inextinguible marcha de la poesía.

Hugo creció, por supuesto. Se convirtió en poeta. Viajó y viajó, como si su destino viajero estuviera marcado por esas larguísimas travesías en un tren de andar lento, cadencioso que se movía aburrido desde la estación del pequeño, mocho y muy tranquilo pueblito de Lagos de Moreno, hasta Guadalajara, la gran ciudad que vio nacer al niño preguntón y que por ese entonces semejaba un rancho grande con todo y Tito Guízar.

Hugo Gutiérrez Vega cumplió ochenta años, miles de kilómetros recorridos por innumerables países, centenares y centenares de versos y de páginas impresas, lecturas, homenajes, noches, albas, risas y sobre todo, incontables tertulias y sobremesas con sus amigos.

Se volvió militante de un partido político sinónimo de mochez del cual fue justamente corrido junto con Manuel Rodríguez Lapuente, su entrañable amigo, casi alma gemela con quien se dedicó a ironizar y a hablar en serio mientras se morían de risa.

También fue rector de una universidad, difusor cultural, embajador y periodista cultural, cuya vida convirtió en un bazar, lleno de chácharas desordenadas, inservibles para algunos, vitales para otros, pero capaces de asombrar día a día al poeta Hugo Gutiérrez Vega.

Todo ello, sin olvidar el sabor de la sopa de fideos de su aburrido pueblito en donde se encontró con la poesía por medio del viejo poeta enamorado de las monjas.  

roberto.castelan.rueda@gmail.com