Felicidad

Hace muchos, muchos años, cuando los camioneros en Guadalajara no mataban gente y la tarifa no era regulada de acuerdo al número de muertos por ruta, los jóvenes y no tan jóvenes que se iniciaban en el difícil arte del albur urbano, aprovechaban cualquier oportunidad para preguntarle a sus cuates: “¿Te pongo felicidad con el Pirulí?”

El Pirulí fue un malogrado cantante vallartense y su éxito “Felicidad” se escuchaba en todas las radios, incluyendo las de los camioneros. Ofrecerle a alguien “Felicidad” con “el Pirulí”, significaba el culmen del albur picante y el albureado podía libremente imaginarse el sabor penetrante de tan conocido dulce vuelto cantante.

Pero los tiempos cambian y las formas de alburear también. Se vuelven más sofisticadas y hay albures tan crípticos que requieren de una gran atención de la posible víctima para evitar convertirse en el centro de las burlas del alburero en turno. Por ejemplo, hace algunos días, el secretario de salud en el estado, sin preguntar, les introdujo felicidad, según sus palabras, a las ya de por sí explotadas y maltratadas enfermeras, por medio de una escultural, de acuerdo a las fotos tomadas en bikini cual primera dama, conocida presentadora de televisión.

La motivadora profesional llegó a tierras tapatías para presumirle a las enfermeras, acompañadas por sus  salarios mínimos, horas extras, deplorables condiciones de trabajo y amenazas de despido, sus “estrategias para el éxito profesional, personal y económico”, con las cuales, a los 36 años, un cuerpazo y tres hijos después, aún puede sacarle a la Secretaría de Salud, 139 mil 200 pesos, más viáticos, por “traerles felicidad” sin el pirulí de por medio.

Y según cuenta el secretario, las enfermeras, cual albureado cuando ya no le queda de otra, hasta contentas salieron de la conferencia, charla motivacional o insulto sexista disfrazado.

Fue tal la alegría que despertó en sus corazones la llamada “mujer del deporte” que ya le solicitaron otra charla con el tema: “estrategias para ser el primer lugar nacional en muertos por influenza” y una más, a mitad de precio por ser buenos clientes sobre “cómo ignorar las recomendaciones de la Comisión Estatal de Derechos Humanos en los casos de recién nacidos fallecidos por negligencia”.

De canción, a albur, a plática motivacional, la felicidad se convirtió en un curso de capacitación para enseñar a las sufridas enfermeras, cómo sobrevivir cuando la dependencia para la cual trabajan se convierte en un verdadero desastre.

Todo por la ridícula suma de 400 mil pesos la charla. Así, sin anestesia.

roberto.castelan.rueda@gmail.com