Explosión

Esas cosas nos suceden a todos en la vida. Mire, en esa época, hace 23 años, yo tenía 60 años, más o menos pues, ya se me olvidó. Usted sabe, el tiempo no pasa en vano aunque se lleve una buena vida y siga uno en activo, pero las neuronas son las neuronas y éstas van envejeciendo, quemándose al mismo ritmo que la piel.

En ese entonces yo era el presidente de la ciudad, el mero mero y gracias a mis cuates, a mi carisma y a mi, hasta ese momento, buena suerte, iba para la grande, bueno, la mediana y después, por qué no, pensar ahora sí en la más grande.

Pero las cosas no siempre salen como uno dispone y con ciertas pequeñas variables en mis planes mire, aquí estoy, con mis negocios creciendo, también viviendo del presupuesto, como hace 23 años y aconsejando a otros sobre cómo invertir su dinero, bueno el dinero público que pase por sus manos, para lograr obtener ganancias.

Se trata de vivir bien. Y el dinero es el dinero. Para qué le voy a decir que no. Yo le he encontrado el gusto y créame, sé como hacerlo rendir. El mío y el ajeno. Sobre todo este último. Con el ajeno uno nunca le sale perdiendo y los negocios crecen más rápido.

Ya le digo. De la explosión no le voy a decir de quién fue la culpa. A lo mejor ya ni me acuerdo. Fue hace tanto. ¿Ya le platiqué lo de las neuronas que van envejeciendo? Ah. Pues ahí tiene. Hoy ya no importa el culpable. Algunos le salimos poniendo, pero como en los maratones, esto es de resistencia. Nadie hace una fortuna de la noche a la mañana. Y mire que le habla un experto en fortunas.

En ese entonces el presidente era muy berrinchudo. Llegó bien encabronado y aunque mi jefe le decía “es que los pinches muchachos se subieron a la barda y por más que uno les dice, no te subas y no te subas, ya ve, son muy necios, patrón”. Pero al mero chingón, sí, el pelón maléfico, le valieron madre las racionales explicaciones de nuestro patrón local y dijo “ni madres, alguien tiene que pagar, aunque sea poquito”.

Y que me voltean a ver. Yo pensé entre mí “ya valió madre el negocio”, sí, eso pensé, y cuando le digo negocio, era el negocio, yo no soy un hombre de metáforas.

Ya le digo. Fueron ocho meses.

Ahora soy asesor. 

roberto.castelan.rueda@gmail.com