Efraín

Hoy, para quien escribe y ayer para quien lee estas letras, se cumplieron cien años del nacimiento de Efraín Huerta, uno de los poetas mayores de México. En algunos espacios, especialmente en aquellos destinados a la difusión del arte y la cultura, el centenario pasó desapercibido.

Tal vez conmemorar a Efraín Huerta no sea “chic”. No fue amigo de presidentes. No presumió su relación con grandes intelectuales. Se emborrachaba y lo festejaba. Hizo de la conversación en las cantinas una forma de recreación artística. No lo buscaban las grandes televisoras. O la “gran” televisora, para ser más exactos.

Y para colmo, horror de horrores, fue comunista. Escribió, exaltó a los soviéticos. A los soldados del sitio de Stalingrado, a la Plaza Roja, a la URSS toda. También le cantó a Cuba, a sus milicianos y alfabetizadores, a la Revolución y a la zafra.

No sería de buen gusto, para los tiempos que corren de refinamiento y de lo políticamente correcto, conmemorar a un poeta así. Mucho menos, se le podría dedicar oficialmente el año de su centenario. Él no fue un Nobel. Fue más bien un poeta de la calle, de la cantina, del alba.

La cultura mexicana no puede celebrar a un poeta que descubrió la oscuridad de la ciudad y que además le cantó su odio y casi midió los vasos de tequila consumidos en esos días, todos, “esos días como frutas podridas. Días enturbiados por salvajes mentiras”.

Efraín Huerta descubrió, exhibió, exaltó, mostró la imagen descarnada de un México que nadie quiere mostrar. De ese México que no existe. Del que no nos reconocemos.

Tampoco se merece que le celebremos su sarcasmo encapsulado que él llamó “poemínimos”, versos, palabras-versos, espacios de sabiduría popular recreada con inocencia disfrazada.

A este poeta no hay que festejarlo en su centenario. Mejor habría que leerlo para que la ciudad que odiamos se deslave en sus versos y aparezca con el día el amor: “El día. Siempre el día. Es decir, siempre tú”.

O mejor, recordemos al poeta de la ciudad desvergonzada, de la ciudad que muere y renace mientras la modernidad se instala en ella, recorriendo los bares en donde los versos se escriben en servilletas.

“Los viejos bares me acosan como viejos leones,/como caballos verdes, como crepuscularios, /uvas, viento, /y hoy pienso y lloro a Pablo/y lo que no vi nunca en su Isla Negra me arde:/ sus estrellas, sus campanas, sus herramientas/y su tan correspondido amor al alma, almida, / tan poderosa de la Poesía”.

roberto.castelan.rueda@gmail.com