Cojones

Imagine que usted vive en un apacible lugar en donde todo transcurre en armonía. Espere. Antes de imaginar ese lugar ponga en su aparato reproductor de sonido, en su computadora o en donde sea, la sexta sinfonía de Beethoven. ¿Ya está? ¿Verdad que la imaginación fluye mas fácilmente? La tranquilidad se instala. Continuemos.

Ahora que está con el clima ideal, rodeado de jardines, árboles que le proveen una refrescante sombra, cantos de aves y un estado de ánimo propenso hasta para asistir a una sesión de “coaching” o como se llamen esas cosas en donde todo está bien, eche un vistazo a su alrededor.

Vea que toda la gente disfruta, como usted, de la misma paz y tranquilidad. Lo rodean ciudadanos inocentes, confiados, seguros, cuyos oídos nunca han escuchado palabras como feminicidios, narcofosas, atentados, secuestros, extorsiones… ¡basta!

No, por favor, no las mencione en voz alta. Ellos se asustan y entran en pánico. Dicen que cuando por algún error suena una de esas palabras, las madres tapan los oídos de sus hijos y corren a sus casas a esconderse, los adultos cierran las ventanas y todos huyen despavoridos sin voltear a ver quién las profiere.

Por eso es mejor no nombrarlas. Se puede romper la inocencia. Siga concentrado en las suaves notas de La Pastoral y continúe imaginando ese bucólico espacio.

La tranquilidad y la inocencia de esos ciudadanos se debe a un personaje, de orejas alargadas, extraña cruza entre un duende y un fauno quien desde la santidad de su guarida vela por la paz de esas inocentes criaturas confiadas a su cuidado.

Lo de velar es un decir. En realidad la mayor parte del tiempo la pasa dormido en sus laureles, esos grandes árboles en donde se cuelga de los cojones, como los murciélagos y se blinda plácidamente confiado en que en sus dehesas y por sus desos, nunca pasa nada.

A veces, pero muy de vez en cuando, se escuchan horrendos truenos que anuncian la aparición del mal. Pero el duende fauno no se intimida por ello. Asoma un ojo por encima de su blindaje, mira la sangre correr y vuelve a su posición habitual, no sin antes tranquilizar a sus asustadizos mutantes.

Con voz tronante los regaña: “¡¿Qué no les he dicho que en este apacible lugar no pasa nada? ¿No les he advertido que no sobredimensionen los ruidos ni vean más rojo el color de la sangre? ¿Acaso no saben que sus percepciones les generan pesadillas?!”

Y la tranquilidad vuelve a instalarse.

roberto.castelan.rueda@gmail.com