Adiós

Cómo que ya te vas, si apenas nos estábamos acostumbrando a tus chistecitos insulsos. No me digas que se te acabaron las ideas, que se te secó el seso, que te volviste un estreñido cerebral y que tu articulito, lejos de llamar a la reflexión, atraía miradas de compasión y lástima.

Por un lado está bien. Eso de repetir las mismas frases célebres, las mismas promesas, las mismas sabias observaciones y los mismos consejos dichos a diestra y siniestra por los políticos de todos colores, no tiene ningún chiste.

Cualquiera lo hace. Aunque ser irónico frente a los dueños de la ironía es un verdadero despropósito. Un político es lo más risible y te quisiste agarrar de ahí. Claro, sus gracias salen un poco caras, pero a fin de cuentas, nadie es capaz de igualar su sentido del humor. Quién pude ponerse a la altura de sus célebres metidas de pata.

Ese fue tu problema: buscaste hacer mofa de los dioses, espiarlos en su Olimpo, conocer sus secretos, oír sus risas después de hacer una promesa electoral, verlos voltear a un lado y otro mientras marcan la combinación de sus celestiales cajas fuertes.

Qué bueno que te vas porque ya estabas aburriendo. Los dioses del Olimpo tienen milenios con sus mismas insulsas rutinas. Años y años presumiendo de su poder, orinándose en los mortales. Ya los conoces. Sus chistes, como tú, se volvieron repetitivos. No cambian. Así están bien.

Cuando menos agradece los años que te soportaron, quienes por casualidad, ingenuidad o caridad cristiana te leían. Agradece a los directores de este diario quienes nunca te modificaron ni una coma a pesar de tu redacción cuneiforme. Y aunque nadie te entendía un carajo, se compadecieron y nunca te dijeron nada.

Despídete y ofrece volver, más serio y reformado. Más maduro, caray, ¿no ves que la política es cosa seria? Respeta a tu prójimo como a ti mismo, aunque éste sea un político jalisciense que gasta su sueldo en trajecitos brillosos y lentes de pasta. Y corbatas, qué tal las corbatas.

Vuelve cuando puedas verlos subidos en su ladrillito y sentados en su silla de diseñador con coderas y seas capaz de no reírte, de no burlarte de los usos y costumbres del político mexicano al servicio de su comunidad.

Ya pues, despídase y váyase a jondear gatos de la cola. Gatos, no servidores públicos, que aunque lo dudes, no es lo mismo. No, tampoco es igual. Búsquese temas serios que el mundo sufre.

Bueno pues, adiós.

roberto.castelan.rueda@gmail.com