Perdón, pero...

El visitante y sus anfitriones

El Papa vendrá a México a mediados de febrero, es decir, dentro de poco más de un mes, para desarrollar un viaje pastoral. Las autoridades mexicanas han hecho particular énfasis en que será también una visita de Estado. La razón de este relativo matiz es que más de un funcionario público se muere de ganas de saludar al Papa y esa es una buena manera de recibirlo, sin que se pueda decir que se está violando el principio de laicidad de nuestra República. Lo anterior significa que de esa manera miembros de los aparatos ejecutivos, legislativos o judiciales podrán estar en ceremonias civiles en las que se reciba al pontífice. Pero no quiere decir que los funcionarios federales, estatales o municipales puedan asistir con carácter oficial a ceremonias religiosas de culto público, pues eso está prohibido desde las Leyes de Reforma hasta el actual artículo 25 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público. Será entonces muy interesante observar el comportamiento de nuestra clase política en las diversas ocasiones que el Papa será recibido por funcionarios públicos.

En teoría, el Papa viene a ver a sus feligreses, aunque sus mensajes trasciendan ese público y se dirijan a otros creyentes e incluso a los no creyentes y a todos los hombres de buena voluntad. Los funcionarios de un Estado laico, aunque sean católicos, tienen la obligación de mantenerse al margen de las ceremonias religiosas, pues de otra manera estarían traicionando el principio de neutralidad de su gestión y, sobre todo, el de equidad en el trato hacia el conjunto de ciudadanos que profesan distintas creencias o no profesan alguna. Por lo tanto, el principio rector que debe regir su comportamiento es el de la separación entre lo público y lo privado. Eso es más o menos lo que hizo el presidente José López Portillo cuando recibió al papa Juan Pablo II, en enero de 1979. En esa ocasión, el Presidente le dijo al Papa: "Señor [nótese que no le dijo 'Su Santidad' o 'Sumo Pontífice' o algún otro título], sea usted bienvenido a México; que su misión de paz y concordia y los esfuerzos de justicia que realiza tengan éxito en sus próximas jornadas. Lo dejo en manos de la jerarquía y fieles de su Iglesia, y que todo sea para bien de la humanidad". En otras palabras, el entonces presidente acentuó el carácter de visita pastoral que estaba haciendo el Papa y la necesaria distinción entre el papel público del funcionario y sus creencias personales. Habrá que estar muy atentos a los gestos de nuestra clase política, para ver cómo cumplen con ese principio de separación entre religión y política, así como entre público y privado.

roberto.blancarte@milenio.com