Perdón, pero...

El terror como instrumento

La masacre de civiles indefensos, planeada para producir terror, como la realizada el viernes pasado en París por el mal llamado Estado Islámico, tiende a paralizar nuestro juicio, o a hacerlo más rígido. Sobre todo cuando la violencia toca a todos, incluso a los mexicanos que andan por todo el mundo y son víctimas de un odio que no discrimina. Debemos, sin embargo, superar el dolor y la ira para encontrar las causas de ese terror y evitarlo. En México hemos tenido una pequeña muestra de ello, con las granadas que se arrojaron un 16 de septiembre en la plaza central de Morelia, o con el coche bomba que explotó en Ciudad Juárez. Pero, en general, nos hemos salvado del terror que genera la posibilidad, siempre presente, de un atentado como los que han vivido en Europa.

La característica de los atentados en París de este año, tanto los perpetrados contra el semanario Charlie Hebdo, como los de la semana pasada, es que tienen un carácter de odio y de venganza; odio contra Occidente, por todo lo que representa y venganza contra los males que dicha civilización le habría causado al mundo islámico. La afrenta puede remontarse a las Cruzadas, como suele ser referida por algunos fundamentalistas, dándole un tono religioso que sin duda tiene. O puede ser señalada más recientemente, desde la invasión de las potencias occidentales a Afganistán y luego a Irak. Creo, sin embargo, que para entender lo que está pasando con el mundo islámico hay que remontarnos al momento en que algunas naciones occidentales se volvieron potencia mundial y fueron imperando en el mundo. Fue en particular la caída del Imperio Otomano, al fin de la Primera Guerra Mundial, lo que generó la situación actual. La rebelión de las tribus árabes contra dicho imperio, organizada por T. E. Lawrence (el famoso Lawrence de Arabia), significó la llegada de las potencias occidentales a una región que no acaba de estabilizarse ni dejar de resentir el control de Occidente sobre la región. Por supuesto que los árabes resentían también el dominio turco, pero los otomanos tenían de su lado el ser también musulmanes y haber establecido un sultanato que retomaba la tradición del antiguo califato. El elemento religioso volvió entonces al centro de una disputa del mundo islámico y árabe con la modernidad que no tenía que haber pasado por allí. La paradoja es que al final los turcos laicizaron sus instituciones públicas y los árabes fracasaron en sus diversos intentos por construir sociedades más secularizadas, rumiando así un creciente rencor contra ese Occidente, tan cercano y tan lejano para ellos. La tragedia es que el terror no cambiará nada.

roberto.blancarte@milenio.com