Perdón, pero...

Alcanzar el cielo

La semana pasada, cuando escribí mi artículo desde París, la tensión se podía sentir en el ambiente. La policía belga acababa de capturar, después de cuatro meses de intensa búsqueda, a uno de los autores del atentado del 13 de noviembre en París. La alerta, se decía, estaba en su nivel máximo. Y sin embargo, la mañana siguiente, las bombas estallaron en el aeropuerto y en el metro de Bruselas. Una sensación de inevitabilidad y de resignación pareció invadir también a Europa. Como si se supiera, o se temiera, que no hay mucho que hacer frente a una organización o una generación que no tiene mucho que perder y para quienes ciertamente la vida, tal y como nosotros la conocemos, no es un valor primordial.

¿Qué se puede hacer frente a un joven que decidió inmolarse por lo que, le dicen, y ahora cree, es un bien mayor? ¿Cómo se puede evitar ser víctima individual y socialmente, de un acto terrorista? ¿Cómo se lucha contra un acto que no parece racional?

Las preguntas centrales podrían ser: ¿cuál es el objetivo de los terroristas? ¿Qué ganan con explotar una bomba en un lugar público y matar civiles inocentes? ¿Hay objetivos precisos? En el caso de la masacre de Charlie Hebdo dichos objetivos eran muy específicos. Se trataba evidentemente de "castigar" a los caricaturistas y enviar un mensaje a toda la sociedad: la imagen de Mahoma es sagrada y el Estado Islámico no permitirá que se le denigre de manera alguna. De la misma manera que el Imám Jomeini lanzó una fatwa, mediante la cual se pretendía castigar a Salman Rushdie por su supuesta blasfemia en Los versos satánicos. Pero en el caso del 13 de noviembre los objetivos no son específicos. Nada más castigar a Occidente y en este caso a Francia por oponerse al llamado Daesh. Con lo cual, evidentemente, Francia se sumó de manera mucho más activa en su lucha contra el fundamentalismo islámico encarnado en dicha organización.

Lo de Bruselas parece el epílogo de un episodio, aunque no de la guerra y mucho menos del terrorismo. Parecería un suicidio del Estado Islámico, tan acorralado como parecen haber estado los que pusieron las bombas en la capital de Bélgica. Y, sin embargo, el suicidio, disfrazado de heroísmo, es lo que está en el centro de su estrategia. No estamos frente a terroristas que ponen bombas y huyen, sino de individuos que están dispuestos a morir por una causa, por más absurda y desesperada que nos parezca. Ese discurso, sin embargo, no debería parecernos tan lejano. En el cristianismo los llamamos mártires y la Iglesia los canoniza. Como a ese joven cristero de 14 años que le dijo a su mamá que nunca había sido tan fácil alcanzar el cielo.

roberto.blancarte@milenio.com