Perdón, pero...

Religión civil y guerra de religión

La decisión de Trump, de impedir el paso a su país a ciudadanos de varios países de mayoría musulmana y, por el contrario, anunciar que se admitirá a los cristianos del Medio Oriente, va más allá de un simple antiislamismo, sin duda presente en la mentalidad del grupo político que ha llegado al poder con él. Se trata del fin de una concepción de la religión civil que había venido ampliándose en las últimas seis o siete décadas y que incluía en el imaginario norteamericano la existencia de un Dios no necesariamente ligado a una Iglesia, o a una religión en particular. Los estadunidenses, hay que recordarlo, inventaron el principio de separación entre el Estado y las Iglesias. Cuando decidieron, desde sus cartas de declaración de derechos (la de Virginia es una joya), y con sus enmiendas a la Constitución, que no habría Iglesias oficiales, propusieron un modelo al mundo. El propio Jefferson, siendo el tercer presidente de Estados Unidos, se refirió al “muro de separación” que la primera enmienda había establecido.

Lo anterior no significó, sin embargo, que los estadunidenses dejaran de aclamar a Dios, se pusieran bajo su protección o lo convirtieran en su aliado alrededor de la idea de un “Destino Manifiesto” como nación. Pero quedaba claro que no se trataba de un Dios en particular, ligado a una confesión o Iglesia específica, aunque la mayoría asumiera que era el Dios cristiano y particularmente protestante. En la guerra civil se agregó en el papel moneda la frase In God we trust, pero seguía siendo un Dios no ligado a una denominación, aunque la ambigüedad permaneciera, como hasta hoy, con el juramento presidencia apoyándose en la Biblia. Un punto de quiebre vino con la elección, en 1960 del primer presidente abiertamente católico: John F. Kennedy. Significó para muchos que los católicos entraban en la corriente principal y se integraban a esta “religión cívica” norteamericana. Después, la llegada de numerosos migrantes provenientes de otras culturas, marcadas por otras religiones, como el budismo, el hinduismo o el Islam, planteó nuevos retos a este modelo. Obama intentó su integración, con muchas dificultades, pues el terrorismo se identificó, erróneamente, con los musulmanes. Trump quiere negar esta realidad, pero al hacerlo, está negando el principio secularizador que la religión cívica contenía y está replanteándolo, muy equivocadamente, como una guerra de religión.

roberto.blancarte@milenio.com