Perdón, pero...

El poder del Papa

El Papa tiene, en principio, todo el poder dentro de la Iglesia. Sus títulos oficiales son obispo de Roma, vicario de Jesucristo, sucesor del príncipe de los apóstoles, sumo pontífice de la Iglesia Universal, primado de Italia, arzobispo y metropolitano de la provincia romana, soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, siervo de los siervos de Dios. Concentra también todos los poderes de la santa sede, cabeza del gobierno de la Iglesia (la Curia romana) y del Estado de la Ciudad del Vaticano; preside el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. El pontífice es el último soberano absoluto sobre la tierra. En el Vaticano no hay, en teoría, contrapesos al estilo democrático. Uno diría entonces que no hay posibilidad de oponerse a los dictados del Papa, puesto que todos en la Iglesia admiten su primacía. Y sin embargo, a pesar de esta fabulosa concentración de poder, como lo podemos observar, hay quienes se le oponen y abiertamente. Tal es el caso del arzobispo de México, quien en carta reciente, respondiendo a la comunidad LGBT, se apoya en el Catecismo de la Iglesia y en varios pasajes de la Biblia, para sostener que la “Tradición ha declarado siempre que ‘los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados’. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”. Además, dice el cardenal Rivera: “Y el papa Francisco no ha cambiado esta doctrina de la Iglesia”, lo cual es cierto en términos estrictos, porque el Catecismo no ha cambiado, aunque el arzobispo de México no puede ignorar que el Papa ha estado tratando de cambiar la actitud pastoral y la propia doctrina, aún sin modificar el texto. Un poco como lo hizo Juan Pablo II cuando modificó su postura respecto a la pena de muerte (rechazándola), aunque sigue vigente su aceptación por el mencionado Catecismo.

Y lo que sucede es muy simple: en la Iglesia, como en toda institución humana, hay división de posturas, hay resistencias y hay oposición. Y cada obispo (y por lo tanto arzobispo) también concentra los tres poderes dentro de su propia diócesis (o arquidiócesis). Se estira la liga hasta donde se puede, incluso manifestando posturas muy distintas a las que empuja el Papa. En la Iglesia hay espacio para eso. Pero que nadie se extrañe entonces de que el papa Francisco no tenga muchas ganas de venir a México. Quizás está esperando que al cardenal Rivera le llegue la edad de jubilación obligada, en junio de 2017. Así lo removerá, sin usar del todo su poder.

 

roberto.blancarte@milenio.com