Perdón, pero...

De perseguidores y conversos

Dicen los especialistas que las conversiones suponen una transformación total del individuo, lo cual suele llevar a nuevos y fuertes compromisos de vida. Los conversos suelen ser mucho más enérgicos y animosos que los creyentes comunes. Las grandes religiones suelen ser obra de conversos. La Iglesia cristiana, por ejemplo, se desarrolló como una creencia universal gracias a un converso llamado Saúl de Tarso, que luego actuó bajo el nombre de Pablo. Judío, como todos los apóstoles, de los que no era parte, pues ni siquiera conoció personalmente a Jesús, se dedicó a perseguir a los seguidores del nazareno. Fariseo, practicante ortodoxo, estuvo presente en la lapidación del protomártir cristiano San Esteban y se convirtió en el terror de los seguidores del Mesías de Nazaret, hombres, mujeres y niños, a quienes encarceló, vejó y mató con el celo que suelen tener algunos defensores de la verdadera religión. Luego, un día, según su propio testimonio, pasó lo siguiente: “Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ El respondió: ‘¿Quién eres, Señor?’ Y él: ‘Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer’.” A raíz de esa experiencia, Saúl “se convirtió”, aunque no formalmente, pues él siguió asumiéndose judío y practicante de la ley judía, aunque convencido ya de que Jesús era el Mesías esperado. Y transformó, gracias a su prédica, quizás sin conocer todas sus consecuencias, la secta de los seguidores de Jesús, en lo que sería la Iglesia de los cristianos. Nada como un converso para una nueva causa.

Todo esto para citar las palabras de un nuevo converso, que quizás tuvo un camino parecido al de Saúl de Tarso: Raúl Castro, presidente del Consejo de Estado de Cuba, quien dijo hace unos días “si el Papa sigue hablando así, tarde o temprano empezaré a rezar otra vez y volveré a la Iglesia católica, y no es broma”. El también primer secretario del Partido Comunista de Cuba de casi 84 años y dirigente del gobierno cubano junto con su hermano Fidel desde hace 55, fue formado en su juventud por los jesuitas, en Santiago de Cuba. ¿Es esta declaración un regreso a sus orígenes? ¿Es un guiño político a quienes le han ayudado a salir a Cuba de su aislamiento internacional? ¿O es una verdadera conversión? Difícil saberlo a estas alturas. Lo que sí es cierto es que, si asume con el mismo celo que Pablo de Tarso su transformación, pronto veremos a toda la isla reconvertida al catolicismo.

roberto.blancarte@milenio.com