Perdón, pero...

El origen religioso de la violencia

No es este un asunto resuelto y saldado, por supuesto. Los científicos de diversas disciplinas se han preguntado durante siglos acerca del origen de la violencia humana. Hay quienes la atribuyen a nuestra especie, como elemento central de nuestra vida animal. Otros le otorgan un mayor valor a las formaciones culturales, en la medida que algunas civilizaciones parecen por lo menos haberla domesticado, aunque siga siendo parte importante del comportamiento humano. Y dentro de eso, un valor primordial se le otorga a las religiones, en la medida que históricamente han servido para generar códigos de conducta sociales y éticas de salvación. Así, por ejemplo, los “Diez Mandamientos” constituyeron reglas básicas de comportamiento entre los hebreos, mismas que luego fueron extendidas a otras culturas: no matarás, no codiciarás la mujer de tu prójimo, no robarás, etcétera. Sin embargo, no puede afirmarse que la religión es únicamente fuente de paz y concordia. Moisés condujo al pueblo judío a la tierra prometida, pero luego de terribles cosas que le pasaron a los egipcios y no únicamente a su faraón. Todos fueron castigados con inundaciones, sequías y hambrunas, además de la pérdida de sus hijos. Mahoma en su momento justificó el ataque a caravanas y el que los fieles se mancharan de sangre con ellas. En suma, la religión ha servido tanto para civilizar como para justificar los actos de violencia más atroces.

Así que si pensamos en la actualidad y en nuestra región latinoamericana, habría que buscar el origen de tanta violencia en muchos factores, incluido el religioso. Y si pensamos en soluciones, tendríamos que abandonar el esquema ramplón que supone la necesidad de mayor religiosidad para reducirla o eliminarla. La profunda y reconocida religiosidad de los latinoamericanos no ha impedido hasta ahora la profusión de la violencia. Por lo tanto, más religiosidad no es necesariamente un antídoto contra ella. Digo esto porque más de un político se siente tentado a apoyar cualquier iniciativa religiosa, suponiendo que eso automáticamente ayudará a disminuir la violencia. Pero la realidad es más compleja. Los mismos ministros de culto no saben bien qué hacer al respecto. Lo cierto es que hay diversas formas de vivir la religiosidad. Mientras que unos la identifican con cuestiones meramente rituales, otros la asocian a un activismo social. Dentro de éstos, hay quienes se convierten en cruzados, mientras que otros la entienden en forma más tolerante y no buscan imponer su verdad. La pregunta es: ¿cómo la perciben los que ejercen distintas formas de violencia en México?

roberto.blancarte@milenio.com