Perdón, pero...

El ocaso de la reforma juarista

Lo del sábado 13 de febrero fue el golpe más certero que las Leyes de Reforma han conocido en su historia. No porque en la mañana toda la élite política haya aplaudido al soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano y sumo pontífice de la Iglesia católica en Palacio Nacional, lo que por lo demás muchos hicieron con gusto, sino porque el jefe del Ejecutivo violó varios principios establecidos desde mediados del siglo 19. Que además lo haya hecho un gobierno priista, siguiendo el ejemplo de Fox y el panismo católico, significa el ocaso de las reformas juaristas. Recordemos que nuestra historia constitucional todavía se mide a partir de la Constitución de 1857 y que la de 1917 es en principio una reforma de la anterior, sobre la cual se contabilizan nuestras legislaturas. Y que a partir de las Leyes de Reforma de 1859-1860 por lo menos dos principios quedaron firmemente establecidos en nuestra República: la separación entre los asuntos del Estado y los de la Iglesia y la libertad de cultos. Con el primero, se dejaba claro que se acababa la colusión entre el poder político y el eclesial, la cual había perdurado desde el inicio de la época colonial y con el segundo se establecían por primera vez las condiciones para que otras Iglesias pudieran establecerse y que cada quien tuviera la creencia y el culto de su preferencia. Pues bien, en un día Peña Nieto acabó con estos dos principios. Por la mañana, el Presidente de todos los mexicanos se convirtió en solo el Presidente de los católicos-guadalupanos, invisibilizando a todos los creyentes de otras Iglesias y religiones, y por la tarde demostró que el principio de separación ya no existe o se le puede dar la vuelta.

Cuando el presidente Peña Nieto dijo que el mexicano es un pueblo "orgullosamente guadalupano" restableció la inequidad previa a las Leyes de Reforma y nos hizo asumir que los que no son guadalupanos (judíos, mormones, testigos de Jehová, evangélicos, etcétera) no son mexicanos. Así que estableció nuevamente un principio de inequidad que nos regresa a los momentos previos a la Constitución de 1857 y las mencionadas Leyes de Reforma. Cuando asistió a una ceremonia religiosa de culto público y comulgó frente a los ojos de toda la nación, se convirtió en un Presidente católico, aunque pretendiera hacerlo a título personal y despojarse momentáneamente de su investidura, lo cual era imposible en el contexto de dicha ceremonia. Regresamos a los años de los Te Deums y las consagraciones religiosas del poder, que fue lo que Juárez y los liberales de su generación quisieron evitar. A partir de ahora, ¿cómo podrá hacer el Presidente para convencernos de que respetemos las leyes cuando él flagrantemente les da la vuelta?

roberto.blancarte@milenio.com