Perdón, pero...

En nombre de la cristiandad

Roma y Constantinopla se excomulgaron mutuamente hace casi mil años, en el 1054. Se trató básicamente de un problema que surgió por las secuelas de la rivalidad entre las dos partes del imperio romano, deshecho por las invasiones bárbaras desatadas sobre su parte occidental, y apenas contenidas en la oriental. Discusiones teológicas como el asunto del filio (que si el Padre y el hijo tenían el mismo estatus en la Trinidad) o más terrenales, como la disputa por la evangelización de Bulgaria, habrían de conducir a la separación, es decir, al fin del reconocimiento de Roma como la Iglesia primada. La reconciliación entre la Iglesia católica y la ortodoxa (aunque no resuelve el problema de ese primado), en realidad se dio ya hace algunos años, pero con un fantasma, porque la Iglesia ortodoxa de Constantinopla prácticamente ya no existe; hay apenas unos cientos de griegos ortodoxos radicados en Estambul y sus alrededores. La reconciliación, hay que aclararlo, no es exactamente con la misma Iglesia, aunque todos sean ortodoxos, pues cada Iglesia ortodoxa es autónoma y no reconoce ningún tipo de primacía. Algunos patriarcados, por su importancia histórica, son reconocidos demográfica y honoríficamente. Tal es el caso del de Moscú, que agrupa a la mayoría de cristianos ortodoxos en el mundo. Moscú, de esa manera, remplazó a Constantinopla, pero solo simbólicamente. La jurisdicción de la Iglesia ortodoxa de Moscú termina allí, aunque no es poco decir, ya que entre el poder político ruso y dicho patriarcado se ha tejido una alianza poderosa, de mutua legitimación. Cirilo significa Putin.

Eso lo sabe el papa, por lo que el acercamiento con la ortodoxia tiene una fuerte connotación geopolítica. Se trata de rescatar al mundo cristiano allí donde tuvo sus orígenes y donde conoció sus primeros asentamientos, es decir, Medio Oriente. Aunque el cristianismo se expandió por todo el Imperio romano, tanto en su parte occidental como en la oriental. Y así se convirtió en una Iglesia en la que se hablaba tanto el griego como el latín. La separación entre ambos mundos, existente desde esa época, continúa todavía hoy. Al grado que Juan Pablo II nunca pudo visitar Rusia, debido a la desconfianza que generaba el papa polaco entre los dirigentes políticos y religiosos de Moscú. Solo que ahora el fundamentalismo islámico amenaza la sobrevivencia de las comunidades cristianas en todo el mundo árabe y el papa es argentino. Por ello mismo, los pasos políticos de Francisco tienen que calcularse muy bien. No vaya a ser que Trump gane las elecciones en Estados Unidos, complicando más las cosas.

roberto.blancarte@milenio.com