Perdón, pero...

No son los 8 minutos

Por su bien y por el de todos nosotros, espero que David Korenfeld y sus defensores no piensen de verdad que el problema son los ocho minutos del vuelo que tomó con su familia entre su casa y el aeropuerto. Me parece que debería de quedar claro que el error fue la utilización de recursos públicos (es decir recursos de todos nosotros) para cuestiones personales. No importa si el vuelo era para arreglarse la rodilla o para ir a esquiar. Lo que él haga en sus vacaciones no debería de importarnos. Pero si usa recursos públicos, entonces el asunto es grave. No son los ocho minutos. Es que por lo visto, este ahora ex funcionario, como muchos “servidores públicos”, equivocó la razón por la que él estaba allí y sobre todo para qué están los enormes recursos dedicados a la administración del país.

Hay lugares donde el uso personal de los recursos públicos está social y jurídicamente más castigado. Lance Armstrong, el ciclista que hizo trampa para ganar siete Tour de France, fue finalmente atrapado porque al hacer esto utilizó indebidamente recursos públicos al ser parte del equipo del US Postal Service.

Desafortunadamente, en México muchos funcionarios creen que el dinero público es de ellos y que por lo tanto pueden disponer del mismo de manera patrimonialista; si no se lo quedan, lo reparten sin mayor criterio que el de la amistad (y los contratos públicos son el mejor ejemplo de ello) o el de la ventaja personal. En muchas ocasiones, lo asignan siguiendo creencias personales, como los presidentes municipales o gobernadores de los estados que gastan dinero público para la construcción de una Iglesia y si alguien les reclama, todavía lo mandan a chingar a su madre, con la bendición de algún jerarca eclesiástico, como sucedió hace algunos años con el gobernador de Jalisco. Así que no estoy de acuerdo con mi colega en este periódico Diego Fernández de Ceballos, cuando afirma que la caída de Korenfeld “se debió al hecho de sustituir la camioneta oficial a su servicio, por el helicóptero oficial de su servicio”. La causa de la caída habría sido “el cambio de vehículo y lo que ello significó”. Me parece que Fernández de Ceballos se equivoca, pues si la familia se hubiese trasladado al aeropuerto en su vehículo personal o en un taxi que ellos hubieran pagado en lugar de usar la camioneta o el helicóptero de servicio, no habría habido ningún problema. Pero estamos todos tan acostumbrados al uso personal de los recursos públicos que hasta los excusamos o los defendemos de un supuesto “linchamiento social”. ¿Pues qué no nos damos cuenta del temblor?

roberto.blancarte@milenio.com