Perdón, pero...

El mal humor de los mexicanos

Los mexicanos somos tranquilos y felices, por lo general. Pero cuando nos ponemos de malas, también podemos ser incontrolables. Los antiguos mexicanos (los mexicas) no dijeron gran cosa cuando llegaron los españoles, pero cuando consideraron que la ocupación había llegado a su límite, con la matanza del Templo Mayor, se levantaron en armas y apedrearon a su propio tlatoani, Moctezuma. Casi 300 años después, Hidalgo se levantó en armas y lo siguió una turba que arrasó con todo. En la Alhóndiga de Guanajuato, el pueblo masacró a hombres, mujeres y niños. Durante la Revolución mexicana, ese mismo pueblo bueno, que había permanecido sumiso y obediente, pero resentido y enojado con los cambios, se volvió a levantar en armas y destruyó todo lo que se le opuso. En medio de esos acontecimientos, ha habido muchos levantamientos que contradicen la idea de un pueblo sumiso y pasivo. Más bien, nuestra historia es la de un volcán con fumarolas continuas y explosiones llameantes reiteradas. Y, sin embargo, individual y familiarmente pocos anhelan la violencia. Los levantamientos, pacíficos o armados, son esencialmente fenómenos sociales que nadie sabe cómo ni cuándo van a volver a estallar; como los volcanes.

El presidente Peña Nieto ya se dio cuenta de que los mexicanos andamos de mal humor. Como es natural, nos quiere convencer de que no tenemos razones para ello, sino que, por el contrario las cosas andan bien. O no tan bien como quisiéramos, pero no tan mal como algunos (no pocos) lo señalan. El gran riesgo es que, en lugar de arreglar las cosas, se concentre en una campaña de imagen, que en lugar de cambiar lo que no está funcionando, pretenda convencernos de que todo está muy bien o de que vamos por buen camino. El problema es que la credibilidad del Presidente ha sido mermada por los escándalos que todavía no han sido resueltos. ¿Ya se vendió la casa blanca, por cierto, como prometieron? Y esa credibilidad sigue disminuyendo a menudo que pasa el sexenio. Ya rebasamos la mitad del mismo y las promesas de un futuro mejor se desvanecen, con presupuestos embargados para este y el próximo año. Y después de ese vendrá 2018. Lo peor del caso es que para ese año nos querrán volver a recetar la fórmula de más imágenes y menos realidades, que les funcionó en 2012. Ante esa perspectiva, no es de extrañar que los candidatos independientes broten por todos lados: son el producto de ese enojo que no encuentra vías mejores de canalización. Así que el futuro político que se anuncia es uno dominado por los viejos mesías y los nuevos salvadores de la patria.

roberto.blancarte@milenio.com