Perdón, pero...

Los límites del poder papal

Una pregunta que la gente me hace recurrentemente es si el Papa está transformando en verdad la Iglesia o si son cambios meramente cosméticos. Quienes preguntan o quienes dan respuesta a esta interrogante suelen partir desde dos posiciones: 1) El papa Francisco está revolucionando la Iglesia con sus reformas, y 2) Los cambios que está haciendo el pontífice en realidad no están cambiando nada, o muy poco, a la Iglesia. Un ejemplo de esta última postura es el excelente artículo de Fernanda de la Torre (“El papa Francisco: ¿mucho ruido y pocas nueces?”, MILENIO Diario, 9 de agosto de 2015), la cual comparto esencialmente. Pero la pregunta que se me hace y los artículos sobre la materia me llevan a pensar en un tema crucial para contestarla adecuadamente: los alcances y los límites del poder de los pontífices romanos.

Ejemplo perfecto de ello es el Sínodo sobre la Familia, que se llevará a cabo del 4 al 25 de octubre. Allí se debatirán muchas de las posiciones del Papa que, pese a su relativa timidez, han generado gran polémica. De hecho, el debate previo en los medios de comunicación forma parte de una discusión que muestra por un lado los apoyos, pero por el otro la enorme resistencia incluso a las modestas reformas que el papa Francisco pretende. Un ejemplo de ello fue una especie de “Sínodo paralelo” que celebraron algunos obispos europeos en el que asumieron una “teología narrativa” que se basa en cómo vive realmente la gente su cristianismo y en las consecuencias doctrinales de asumir dicha experiencia. El resultado es que estos obispos aceptan la anticoncepción, los actos homosexuales y la comunión de los divorciados con nuevas parejas y niegan que dichos actos sean intrínsecamente perversos, como hasta ahora los ha calificado la doctrina católica. Pero inmediatamente reaccionaron los opositores, como el propio Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el alemán Gerhard Müller, quien sostuvo que “algunas de las llamadas realidades vividas” al mismo nivel que la Escrituras y la Tradición son “la introducción del subjetivismo y la arbitrariedad, envueltos en una terminología religiosa sentimental y petulante”. Y remató diciendo que la fe no puede ser el resultado de un compromiso entre ideas cristianas aceptables, principios abstractos y la práctica de un estilo de vida pagano.

El papa Francisco sabe entonces que, pese a su poder supuestamente absoluto, incluso sus tímidas propuestas, las cuales consisten básicamente en tener una Iglesia más compasiva (misericorde), no tienen la garantía de ser aprobadas. El Papa tendrá que cabildear e imponer al mismo tiempo.

roberto.blancarte@milenio.com