Perdón, pero...

Es incitación a la violencia

Hay quienes defienden el derecho de los musulmanes a usar la violencia si atacan su fe o sus valores culturales más sagrados. Desafortunadamente, el papa Francisco, con su “desliz”, es uno de ellos. Luego hay otros que estipulan que las culturas y valores de Occidente y del islam son irreconciliables, lo que lleva a otros (la extrema derecha) a proponer que los musulmanes sean expulsados de Europa o forzados a integrarse a los valores de la mayoría. Confunden musulmán con fundamentalista y a éste con terrorista. También están los que, sin abiertamente justificar la violencia, la “explican” y en el fondo la justifican. Acusan a Occidente de ser el causante de esta tragedia, por haber colonizado, explotado y dominado al resto del mundo y por mantener en la marginación a cientos de miles de jóvenes musulmanes de origen árabe; es el súmmum de la corrección política, combinado con la culpa del hombre blanco.

El papa Francisco dice que es una aberración matar en nombre de Dios y que no se puede reaccionar violentamente, pero que si su amigo ofende a su madre ¡se lleva un puñetazo! ¿O sea que el Papa no está de acuerdo en que hubieran asesinado a los caricaturistas, pero sí que les pusieran una madriza? ¿No es eso incitar a la violencia? El “desliz” del Papa en realidad refleja lo que muchas personas “muy religiosas” piensan: que los caricaturistas franceses se lo merecían, por provocadores y por ofender a la religión, lo cual es confundir a la víctima con el agresor, como cuando se acusa a la mujer de ser responsable de su violación por vestir una minifalda.

Pero más allá del uso de la fuerza, el problema es el siguiente: las personas consideran sagradas muchas cosas, desde la imagen de Mahoma hasta la bandera nacional, pasando por la “madre” Iglesia, la virgen María (incluyendo por supuesto, su versión guadalupana) o la presidencia de la República. Y si cada quien ataca al que, desde su punto de vista, ofendió lo que para él es sagrado, tendremos mucha violencia. Y si todo mundo se frena y evita a toda costa herir los sentimientos de otro, se acabó no solo la blasfemia, sino también la crítica social y la política. El día que los caricaturistas o los periodistas de radio y televisión no puedan criticar lo que otros consideran sagrado, será el fin de la libertad de expresión.

Quienes critican a Occidente olvidan un hecho fundamental: en nuestros países pueden escribir (o dibujar) lo que quieran, mientras que si lo hicieran en el mundo musulmán, criticándolo, estarían en la cárcel o muertos.

 

roberto.blancarte@milenio.com