Perdón, pero...

Así funciona el Vaticano

La beatificación de Óscar Arnulfo Romero, quien murió asesinado siendo el arzobispo de San Salvador, en plena misa, no contaba con el apoyo de todos los salvadoreños. Así que su causa, iniciada en 1990, fue más bien obstaculizada, detenida, considerada inoportuna, después de la guerra civil que azotó dicho país. No es que se haya tardado demasiado, pues 25 años son relativamente pocos para llevar a alguien a los altares, en los tiempos más bien pausados de la Santa Sede. Pero en este caso era obvio que el reconocimiento de su martirio había sido adelantado por la población salvadoreña e incluso por otras iglesias como la anglicana, que lo seleccionó como uno de los mártires del siglo XX, para ser representado en una estatua en la Abadía de Westminster en Londres. Así que el aparato administrativo del Vaticano estaba más bien atrasado, pero como ahora lo podemos constatar, no tanto por su proverbial burocracia, sino por consideraciones políticas. Juan Pablo II lo puso muchas veces como ejemplo, pero ciertamente no se apuró a llevarlo a los altares. Tuvo que llegar otro Papa, en este caso latinoamericano y jesuita, para desatorar el caso y de forma más o menos expedita.

Lo de jesuita no es un accidente, pues también en El Salvador murieron asesinados nueve años después que Romero, en noviembre de 1989, dos empleadas domésticas y seis jesuitas, dirigentes de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. El papa Francisco ya destrabó también el proceso de beatificación del jesuita Rutilio Grande, inspiración de Romero. Obviamente, los sectores más conservadores y retrógrados de la sociedad y de la Iglesia salvadoreña no están muy conformes con esas decisiones. Y así como en su momento consideraron una traición que Monseñor Romero se inclinara por los pobres y defendiera los derechos humanos en medio de la revolución salvadoreña, en lugar de condenarla y alinearse con el régimen militar, tampoco ahora están conformes con este reconocimiento.

En Italia la causa fue impulsada por la Comunidad de San Egidio y el consejero espiritual de ésta, Monseñor Vincenzo Paglia, hoy arzobispo y durante más de una década obispo de Terni-Narni-Amelia. A principios de este siglo, de hecho, la Comunidad convocó a una reunión de especialistas para hablar sobre el caso Romero y tratar de empujar la causa. Escribí para ello un texto titulado: “Romero, mártir de la Guerra Fría”, que aparecería en un libro titulado Óscar Romero; un obispo centroamericano entre guerra fría y revolución. Una década después (es poco) el Vaticano nos dio la razón. Así funciona.

roberto.blancarte@milenio.com