Perdón, pero...

Nos falta algo

Hay quienes están acostumbrados a asociar religión con violencia. Sin duda alguna, cualquiera que conozca un poco de la historia reciente del Medio Oriente así lo afirmará. Israel, Líbano, Palestina e Irak son solo muestras de sociedades donde la religión ha desempeñado un papel central en la conformación de identidades, pero al mismo tiempo, de conflictos.  Aunque no solo allí. También pueden atestiguarlo los que vivieron en Belfast en el siglo XX, o los que presenciaron linchamientos del Ku Klux Klan en el sur de Estados Unidos, o los que fueron testigos de la muerte de Mahatma Gandhi y la carnicería que se gestó con la partición de India entre musulmanes e hindúes y que sigue estando en la base de lo que puede ser una guerra nuclear entre Pakistán e India. Más recientemente las diversas agrupaciones fundamentalistas que se han extendido en el mundo musulmán, desde Al Qaeda hasta el llamado Estado Islámico, pasando por Boko Haram, siguen reforzando esa imagen.

Por otra parte, están los que asocian a la religión con la paz. Son los que escuchan al arzobispo de Canterbury, al Papa o al Dalai Lama, o a la mayoría de los liderazgos de las religiones institucionalizadas. Estos, en su gran mayoría reprueban la violencia y se declaran a favor de la conciliación y los medios pacíficos. No falta por supuesto algún líder budista que ande persiguiendo musulmanes en Myanmar, algún mullah musulmán que desde Irán se ponga a escribir fatwas condenatorias, o algún predicador católico que, siguiendo los pases de Santo Domingo, ande hostigando herejes. Pero en general, las religiones establecidas suelen estar a favor del orden.

Lo cierto es que las dos cosas existen y que hay muchas posturas intermedias. Suele suceder, por ejemplo, que los líderes religiosos son también dirigentes sociales, como en muchos países musulmanes, pero también en Estados Unidos o en Chiapas. Y en ocasiones la búsqueda de justicia social termina justificando la violencia desde una perspectiva religiosa. Y si esa es una variante progresista, hay muchas otras que se apoyan en discursos opuestos, conservadores y retrógrados. En cualquier caso, como nuestro subcontinente latinoamericano atestigua, una mayor religiosidad no parece ser el antídoto automático contra la violencia.

Lo cierto es que la violencia ha disminuido solo en aquellas sociedades que comparten una característica: tienen Estados laicos y democráticos. Pero no solo en el papel, como nosotros, sino en la práctica. Son sociedades donde ya nadie puede pretender tener toda la verdad ni mucho menos querer imponerla a los demás. Nos falta.

roberto.blancarte@milenio.com