Perdón, pero...

Hay algo que no encaja

Por un lado, como es normal, los obispos católicos se quejan de la violencia que impera en el país. Cada vez más denuncian el estado de abandono en el que se encuentra la sociedad, las circunstancias de violencia y el sufrimiento de las víctimas, a las que se han unido no pocos sacerdotes. Pero por el otro, con mucha facilidad, con demasiada facilidad, condonan y perdonan dicha violencia. Al grado de que uno se pregunta si no es esta actitud ante el crimen lo que lo ha facilitado en nuestras tan católicas tierras. Parece haber en efecto una correlación estrecha entre el catolicismo, la desigualdad y la violencia en toda la América Latina. Nuestra región es la más desigual del mundo y una de las más violentas, si no es que la más. ¿Por qué, si somos tan católicos, se dan estos fenómenos de manera tan aguda en nuestros países? Y la respuesta puede estar relacionada con el hecho de que el catolicismo no parece ser un freno a la violencia, o que en realidad nuestra pretendida catolicidad no es más que una ligera capa de religiosidad que no ha llegado a penetrar en la población; que es todo puro ritualismo y ceremonial, pero muy poca asimilación de la doctrina en la vida real de los feligreses, quienes por lo demás cada día se alejan más de una institución que no responde a sus intereses reales.

Así tenemos por ejemplo que los obispos de la Provincia Eclesiástica de Yucatán expresaron que compartían la pena y el sufrimiento de las víctimas y de sus familias ante la violencia que vive el país y reiteraron un llamado a la paz, en particular en este tiempo de Cuaresma. Sin embargo, al mismo tiempo, el obispo auxiliar de Morelia, afirmó que el líder del cártel de Los caballeros templarios, vinculado con secuestros, extorsiones, tráfico de armas y drogas, homicidios, etcétera, sí alcanza el perdón de Dios. Agregó: “No sabemos si el perdón de la sociedad, de los agraviados, de las víctimas, pero el perdón de Dios, sí”. Claro, el capo michoacano debe antes “convertirse” y hacer penitencia, pero una vez hecho esto, como Dios es misericordioso, si alcanza su perdón.

Más allá de la discusión teológica sobre la misericordia de Dios, me llama la atención lo fácil que la Iglesia (intermediaria de este perdón), que para otros efectos es tan intransigente y se resiste a perdonar (por ejemplo, a las mujeres que abortan o a las que utilizan anticonceptivos, o a las que se casan con otras mujeres), en este caso rápidamente otorga el salvoconducto hacia el cielo eterno. ¿No será que por esta laxitud pastoral con el mundo del crimen, tenemos tanto mafioso irredento?

roberto.blancarte@milenio.com