Perdón, pero...

El empoderamiento de Francisco en México


El poder del papa es esencialmente simbólico, no material. La sede pontificia no tiene más que un ejército de pantomima, compuesto por unos cuantos soldados de verdad que adiestran a conscriptos católicos suizos, los cuales, gracias a un acuerdo de la confederación helvética con el Vaticano, hacen ahí su servicio militar. Tampoco tiene la sede pontificia una fuerza económica capaz de alterar las finanzas internacionales, a pesar del flujo de dinero que pasa por el Istituto per le Opere Religiose o banca vaticana. Ni existe un intercambio comercial del Vaticano con los países que tiene relaciones. Y sin embargo, el papa tiene un enorme poder simbólico, proveniente de los signos y señales, de las palabras, de los conceptos que transmiten sus mensajes.

El origen de ese poder simbólico es el mandato que, de acuerdo a los evangelios, le habría dado Jesucristo a Simón el pescador cuando le dijo “Tú eres Pedro (piedra o roca) y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades (el infierno) no prevalecerán contra ella”. De por qué lo detenta el obispo de Roma, tiene que ver con la siguiente frase del evangelio, que Jesús habría pronunciado: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y todo los que atares en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos”.

Uno quisiera creer entonces que las masas de católicos mexicanos que quieren ver al papa lo hacen porque están conscientes de estas frases y conocen o temen el poder de atar y desatar aquí en la tierra como en el cielo del sucesor de san Pedro, Francisco el obispo de Roma. Pero en realidad, no es exactamente así. La autoridad moral del papa, de la Iglesia y de los sacerdotes existe y aumenta o disminuye con los tiempos, al ritmo de aciertos o errores, de virtudes y defectos de éxitos o escándalos.

Así sucede igualmente con el conocimiento y la popularidad del papa, en función de la exposición de los medios y la difusión (generalmente, aunque no siempre positiva) de su imagen o de su mensaje. Porque es falso que el papismo de los católicos mexicanos sea instintivo o natural.

En una encuesta hecha en México un año y medio después del ascenso de Francisco al trono de san Pedro, solo 56.1 por ciento de los católicos mexicanos conocía su nombre (sea Francisco o Jorge Mario Bergoglio), mientras que 39.6 por ciento contestó que no sabía y 4.3 por ciento dio otro nombre.

En el ámbito rural el desconocimiento sobre el nombre del papa era casi entre la mitad de los católicos. Así que, más allá del vicariato que Jesús le habría concedido a Simón, me parece que el poder simbólico de los papas proviene de varios otros factores.

Uno de ellos es en efecto la autoridad moral del mensaje emitido, pero otro es el empoderamiento que por un lado los medios de comunicación les ha generado a los pontífices romanos y por el otro el que los políticos les conceden a las propias autoridades religiosas.

No hay, en efecto, mayor movilización de los medios de comunicación, nacionales e internacionales, que cuando viaja el papa. Y no hay al mismo tiempo mayor fuente de malentendidos que los que generan los medios de comunicación alrededor del romano pontífice, pues las interpretaciones de lo dichos por el obispo de Roma suelen ser descontextualizadas y bajo la lupa de criterios ajenos a la lógica religiosa.

Pero lo importante es que, más allá del mensaje, la figura del papa es resaltada y promovida. El resultado es una dilución, o en el mejor de los casos una distorsión de los contenidos, pero sobre todo una difusión cuasidolátrica del personaje, de sus pasos, de su ropa, de dónde se sienta, de lo que come, de dónde duerme.

Los papas, sabedores de esto, calculan sus gestos, pues conocen el impacto mediático que pueden tener. Pero al mismo tiempo saben que sus mensajes penetran muy lentamente, si acaso, a las masas que quieren verlos, más que oírlos.

Es en este contexto que llega el papa Francisco a México. En una vorágine mediática de la que nadie parece poder escapar. Todos los comentaristas, sean o no expertos en la materia, se ven prácticamente obligados a decir algo y todos los medios dedican sus portadas, suplementos y espacios privilegiados a la noticia que generalmente no es noticia. Porque el mensaje de Jesús de Nazaret (el mismo de siempre, el de los evangelios), se viene difundiendo desde hace 2 mil años. Y muy pocos de estos medios se atreven a hacer un análisis verdaderamente reflexivo y crítico, como se lo harían a cualquier otro personaje. El papa es casi intocable. El papa no se equivoca, ni se equivocó nunca, incluso antes de llegar a serlo.

Los políticos mexicanos, por su parte, no saben bien a bien cómo tratar a los pontífices. No saben si besarles el anillo, si inclinarse, si se deben referir a él con su título oficial, de “su santidad”, si tratarlo como dirigente religioso o como jefe de Estado. Tienen claro que estamos en una República y un Estado laico, pero no saben si guardar distancia o abrazar al invitado; titubean entre recibirlo amablemente y dejarlos entre sus feligreses, o rendirle todos los honores que se merece como el “vicario de Cristo”. Pero como temen también las críticas de la opinión pública, entonces inventan que se trata de un jefe de Estado con el que se dialogará de tú a tú, lo que ya es empoderarlo.

La sede pontificia y el papa no ayudan mucho con ese tema, porque tienen la costumbre de mezclarlo todo y de pretender que los demás también lo hagan: religión y política, Estado e Iglesia, público y privado.

El papa se presenta además con una serie de títulos muy diversos: obispo de Roma, vicario de Jesucristo, sucesor del príncipe de los apóstoles, sumo pontífice de la Iglesia universal, primado de Italia, arzobispo y metropolita de la provincia romana, soberano del estado de la Ciudad del Vaticano, siervo de los siervos de dios. El pontífice es el último soberano absoluto sobre la tierra. Pero luego pretende que lo traten como a un ser humano cualquiera, como al más humilde de los humildes.

Por lo pronto, el papa termina por ser empoderado por medios de comunicación y clase política, que ni de lejos le otorga tal atención y respeto a cualquier otro personaje. Ni siquiera a Obama, que es el hombre más poderoso del planeta, si queremos hacer una comparación válida.

En dicho contexto, las expectativas que genera la visita de un papa a México pueden ser también muy ambivalentes y dependen del público que procesa los mensajes. La jerarquía católica, de por sí dividida en cuanto a posiciones tanto pastorales, como doctrinales e ideológicas, también se encuentra entre la espada y la pared. Acostumbrada a juzgar, sabe que puede ser juzgada, criticada y sacudida por el propio pontífice. Y la clase política, sobre todo la que está en el poder, le está rezando al santo de su preferencia para que la legitimación que viene con la foto, no venga acompañada del desprestigio que conlleva una crítica a la situación política o social.