Perdón, pero...

El electorado es así

Un día, mi maestro Émile Poulat, a propósito de una plática sobre la democracia, en la que yo me sentía confundido por las razones que llevaban a la gente a votar de una determinada manera, me dijo: “Mire Blancarte, la gran virtud y la gran debilidad de la democracia es que el voto de alguien como usted, con doctorado y muchos conocimientos, vale lo mismo que el del borrachito de la esquina”. Y en efecto, así es el electorado; diverso y multiforme. Cada cabeza es un mundo y nadie puede asumir que su voto vale más que el de otro. Por lo mismo, el diseño de campañas se ha vuelto cada vez más complejo y apunta a tipos diversos de electores, desde los que constituyen el núcleo duro hasta los indecisos, que suelen ser los más disputados. Pero también se ha vuelto más agresivo, en la medida que busca resaltar no solamente las virtudes propias, sino los vicios ajenos. Hay quienes se han escandalizado por esto, con cierta razón. Pero se olvidan de que parte de las campañas sirve para señalar los errores del adversario y lo que eso implica en términos de convivencia social. Me parece que, en el contexto actual de hartazgo de la sociedad y desprestigio de los partidos, una buena campaña tiene que incluir las dos vertientes, cumpliendo el propósito de atraer votos, aunque teniendo la precaución de evitar el de por sí bastante deteriorado clima social. Así, por ejemplo, el extremo de la postura negativa tendería a alimentar el boicot de las elecciones, en la medida que se presentaría un panorama de descomposición política. Pero una campaña centrada únicamente en posturas propias y “constructivas” carecería de un elemento central de la democracia, que es el de la crítica a los gobiernos y posicionamientos políticos contrarios. Volvemos a la idea ya muy antigua, expresada por Reyes Heroles, quien a su vez se apoyó en José Miguel Ramírez y éste en Bentham, de que lo que resiste apoya y de que parte esencial del ejercicio democrático es la crítica del contrario.

Hay, por supuesto, niveles, hay en muchas ocasiones mal gusto y muy frecuentemente tergiversación de los hechos. Pero lo bonito de la democracia, como de la humanidad, es que todas las personas (en este caso, mayores de edad) valen lo mismo para efectos electorales y cada voto cuenta igual. Y no podemos asumir que la gente, por más pobre e ignorante (o borracha) que sea, no piensa y no calcula su voto de acuerdo con sus propios intereses, por más mezquinos que sean. La moral y la ética existen por supuesto en la política, pero eso no quiere decir que la gente no hace su propio juicio (docto o pedestre), cuando decide votar.

roberto.blancarte@milenio.com