Perdón, pero...

La diplomacia vaticana

Tiene lo suyo, desde el momento en que está ligada a una institución religiosa. Recuerdo un incidente que me hizo pensar en los principios que la rigen: es costumbre del sumo pontífice recibir en dos ocasiones al año al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Por allí de la segunda mitad de los años 90, cuando México e Israel apenas habían establecido relaciones diplomáticas con ésta, la Secretaría de Estado fijó un sábado para dicho encuentro. La embajada de Israel se quejó, porque ese es el día sagrado de reposo para los judíos, así como el domingo lo es para los cristianos y el viernes para los musulmanes. Así que el asunto se planteó como una disyuntiva para la diplomacia vaticana: o el encuentro con los diplomáticos se celebraba entre el lunes y el jueves (suponiendo que no hubiese otra religión que considere sagrados esos días), o se imponía un día para la reunión de acuerdo con la lógica cristiana. Al final, la Secretaría de Estado (en tiempos de Juan Pablo II) decidió dejar el sábado como día para el encuentro y los diplomáticos israelíes no asistieron en señal de protesta.

La diplomacia vaticana es de las más antiguas en el mundo, pues data por lo menos del siglo XV, aunque no por ello tiene siempre sonados éxitos. Así que lo hecho recientemente, desde la llegada y consolidación de Francisco en el papado, le está dando nuevo lustre. La intervención, junto con Canadá, para lograr un acercamiento diplomático entre Estados Unidos y Cuba, volvió a colocar al Vaticano como un actor importante en la comunidad internacional. Y el reconocimiento del Estado palestino muestra cómo, en ciertas circunstancias, siguiendo sus propios intereses, la Santa Sede no duda en empujar a los Estados a asumir posturas más comprometidas. Así sucedió hace dos décadas cuando, con motivo de la descomposición de la antigua Yugoeslavia, la Santa Sede se apresuró a reconocer a Croacia y a Eslovenia (países católicos) como Estados soberanos. También empujó por motivos similares la idea de la “injerencia humanitaria” en el conflicto en esa zona, anteponiendo las razones por las que el principio de soberanía de los Estados no podía ser absoluto.

En el Medio Oriente, el objetivo de la Santa Sede siempre ha sido muy claro: proteger a las muy golpeadas comunidades cristianas y los intereses de la Iglesia en la zona. En Israel y Palestina dichos intereses se centran en la necesidad de que la Iglesia católica tenga garantizada la protección y libre acceso a los lugares por ella considerados sagrados. El reconocimiento de un Estado palestino forma parte de esta estrategia.

roberto.blancarte@milenio.com