Perdón, pero...

Si de derechos hablamos

Es muy bonito cuando un país se pone a la vanguardia porque su Corte Suprema así lo decide. También cuando su parlamento lo establece. Pero más bonito aún cuando lo hace por voto popular y ampliamente mayoritario. Eso es lo que acaba de suceder en la República de Irlanda, con 62 por ciento de la población (es decir de sus electores) votando a favor de legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Lo anterior es una prueba más de que los católicos en el mundo no necesariamente y casi nunca piensan igual que sus jerarcas. Que esto haya sucedido en un país no solo mayoritariamente católico, sino identificado con una Iglesia que pesó en sus estructuras educativas, sociales y políticas durante muchos siglos, es realmente asombroso y muestra la magnitud del cambio cultural gestado en muy pocas décadas. Recuerdo que la primera vez que visité Irlanda en 1991, con motivo de un congreso de sociólogos de la religión, me instalé en la sede, un seminario jesuita en un pueblito cerca de Dublín llamado Maynooth, adonde el episcopado irlandés solía tener sus reuniones. El domingo a mediodía todo el pueblo estaba en la iglesia y a la salida, todos (incluidos los niños), se fueron a los pubs, los niños a jugar y los mayores a tomar cerveza. El templo y la cantina cumplían entonces el papel de lugares de socialización.

Irlanda, en efecto, tiene una historia que durante siglos la identificó al catolicismo, sobre todo ante sus dominadores ingleses, quienes ya conversos al anglicanismo y con corazón puritano, conquistaron la isla desde finales del siglo XVI y así la mantuvieron hasta su salida (no de toda la isla) a principios de la década de los años 20 del siglo pasado. El catolicismo quedó entonces como rasgo identitario frente a los anglicanos y protestantes, con particular incidencia en cuatro distritos de Irlanda del Norte, que permanecieron bajo dominio británico. Recuerdo muy bien que en Belfast todavía hace algunos años, los católicos eran considerados papistas, mientras que los protestantes o anglicanos se asumían como realistas o favorables a la Corona. La salida de esta fórmula identitaria ha sido posible por muchas razones. Una de ellas es la pacificación en Irlanda del Norte, que intenta diluir las diferencias socio-religiosas. Pero la razón mayor es quizá el ingreso de Irlanda a Europa. Los irlandeses dejaron de sentirse aislados, en un continente que demográficamente es más católico que protestante. Saben que su identidad católica no está amenazada y que sus creencias, así como sus posturas sociales y políticas, no tienen por qué identificarse con lo que diga su jerarquía.

roberto.blancarte@milenio.com