Perdón, pero...

¿Está cambiando la Iglesia católica?

Quizá la pregunta esté mal hecha. Porque todas las instituciones cambian en el tiempo, incluso las más anquilosadas. Tal vez deberíamos preguntarnos en qué está cambiando y cómo está cambiando, para poder medir el tamaño de la transformación. Luego algunos dirán que es poco y otros que es demasiado.

La perspectiva está ligada también a la expectativa. Un católico divorciado, por ejemplo, a quien le importe mucho lo que diga su institución, en tanto que intermediaria de Dios, probablemente estaría más preocupado y atento por lo que el Sínodo de Obispos aprobaría. Por el contrario, un católico divorciado, a quien le preocupa más su relación directa con Dios y a quien le rinde cuentas de sus acciones, probablemente esté menos preocupado por lo que diga un grupo de jerarcas de una institución que siente tan crecientemente lejana como innecesaria.

Y para decirlo en pocas palabras, la jerarquía eclesiástica no aprobó que se le distribuya la comunión a los divorciados. Dejaron al criterio de cada sacerdote (siguiendo las enseñanzas y orientaciones de los obispos) "discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional que pueden ser superadas". Los divorciados —señala el documento— no deben sentirse excomulgados. Pero deben hacer un "examen de conciencia", así como "momentos de reflexión y de arrepentimiento", pues las culpas en el divorcio no se distribuyen equitativamente. Imagínese usted la situación: ahora el sacerdote va a repartir culpas y perdones en cada situación. Y volvemos a las razones por las que Lutero inició la Reforma protestante, es decir la necesidad de eliminar al intermediario en la salvación.

El papa habría logrado sin embargo que, por una mayoría de dos tercios apenas alcanzada (a veces con un voto de diferencia), el Sínodo plantee lo que él propone, es decir, un poco de misericordia con los feligreses, con ese "pueblo de Dios" que constituye la verdadera Iglesia. Pero apenas lo que muestra las enormes reticencias y resistencias. Por eso, en su discurso de cierre del Sínodo, Francisco dijo que éste significaba "haber puesto al descubierto a los corazones cerrados, que a menudo se esconden incluso dentro de las enseñanzas de la Iglesia o detrás de las buenas intenciones para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas". Ese señalamiento es, para mí, el verdadero cambio en la Iglesia. Pero no es el de todos los corazones, como bien dijo el papa.

roberto.blancarte@milenio.com