Perdón, pero...

El dilema del nuevo arzobispo

En tiempos difíciles, como los que vivimos en el país, es fácil que los líderes religiosos se apeguen a sus doctrinas más tradicionales y que las presenten como recetas infalibles, como soluciones cuyo único problema es que no han sido debidamente aplicadas y llevadas a cabo por los fieles. Desde esa perspectiva, los problemas sociales se deben, o bien a la ignorancia acerca de los debidos preceptos morales, o a la debilidad de la carne y a las tentaciones del maligno. No exagero. Recuerdo las palabras del papa Francisco, relativas a la situación mexicana, donde atribuye nuestros males al odio que el diablo nos tiene por el amor profesado a la virgen de Guadalupe. Es un ejemplo de cómo se busca en el exterior (el mal) o en nuestro pecado original (la debilidad de la carne y la caída ante las tentaciones) lo que nos sucede. Pero no se cuestiona en ningún momento la doctrina, ni se busca adaptar a los signos de los tiempos. Los cambios son entonces forzados por las circunstancias, más que por un deseo genuino de adaptar el mensaje religioso a situaciones sociales y políticas inéditas. Doy un ejemplo: en el siglo XIX, la santa sede hizo un listado de “errores modernos”, los cuales condenó desde el lugar más alto del catolicismo. Entre estos “errores” estaban la libertad religiosa, la libertad de conciencia, el protestantismo, la eliminación de los fueros y privilegios de la Iglesia, el laicismo escolar, la separación entre el Estado y la Iglesia, la separación de las ciencias filosóficas y morales del control eclesiástico, la abrogación del poder temporal de la Iglesia católica, la abolición del catolicismo como religión de Estado, la libertad de cultos y el liberalismo moderno. Tuvo que pasar más de un siglo para que la propia Iglesia católica se desdijera de todo esto, aunque en el fondo, más de uno sigue pensando que la postura del siglo XIX era la correcta.

Digo esto porque el cardenal Arzobispo de México, Carlos Aguiar, tendrá que lidiar con la creciente incompatibilidad entre las posturas doctrinales de su Iglesia y las posiciones religiosas y sociales de la enorme mayoría de los católicos de la ciudad, ya no digamos de los que no lo son. Ese es su verdadero reto, más allá de su anunciada renovación profunda en las formas de transmitir el Evangelio y en sus estructuras de servicio. El arzobispo requerirá una verdadera actitud de apertura. Buena suerte con eso.

roberto.blancarte@milenio.com