Perdón, pero...

Notas desesperadas

Me había tardado en conocer directamente China. Desde aquellas clases en las que nuestro maestro Jorge Alberto Lozoya prácticamente nos actuaba con visión crítica los pasajes más importantes de su historia moderna (la guerra de los bóxers, la Gran Marcha), hasta los desarrollos que todos hemos vivido de la economía china, pasando por los críticos momentos de la revolución cultural y la lucha contra “la banda de los cuatro”. Pero lo cierto es que nada sustituye la experiencia directa. Ver ese nuevo Manhattan que es el distrito de Pudong, desde el segundo edificio más alto del mundo y darse cuenta que todavía están construyendo uno que lo superará, da cuenta del tamaño de ese mercado y su capacidad de seguir creciendo. Una visita a la estación de trenes de Shanghái, con miles de personas circulando ordenadamente en lo que parece más una terminal aérea, es para asombrar a cualquiera. Obviamente, las preguntas son casi automáticas: ¿Qué hicieron bien ellos que nosotros no? ¿Qué dejamos de hacer nosotros? ¿Cuándo vamos a crecer? ¿En qué invirtieron ellos que nosotros no? ¿Es porque dejaron las ideologías de lado y se dedicaron a la economía? ¿Sirve de algo discutir el rumbo político?, o como dijo hace muchos años Deng Xiao Ping: “No importa el color del gato, siempre y cuando se atrape al ratón”. Pero a nosotros el ratón del crecimiento se nos escabulle siempre.

Mientras tanto, la globalización nos abarca a todos, de distinta manera. Nadie escapa al proceso, aunque los efectos sean muy distintos. Los chinos, como se sabe, esperan que ésta sea solo económica, aunque es evidente que la cultura y la política traspasan fronteras con la misma facilidad que el dinero. Nosotros asumimos que está llegando, pero no la acabamos de ver ni de calibrar. Las políticas exteriores se definen o terminan por ser definidas. No se sinceramente cuál es nuestro caso. Pero me queda claro que la globalización nos presenta oportunidades y riesgos cuyas implicaciones no hemos discutido a fondo. Somos socios comerciales, pero también competidores por mercados. Nuestras alianzas y objetivos internacionales tendrían que tener un propósito muy definido.

En todo caso, me queda claro que necesitamos la expansión de nuestro mercado y que eso no lo vamos a lograr con una sociedad pobre y sin educación. El consumo no puede aumentar con empleos informales y salarios bajos. Y el capital que nos hace falta no podrá llegar si no hay condiciones mínimas de infraestructura y desarrollo. Solo nos falta claridad política. Parecería, sin embargo, que es un bien escaso. Tendremos que cavar más profundo para encontrarlo.

roberto.blancarte@milenio.com