Perdón, pero...

Prigione y el poder

Girolamo Prigione representó durante su estancia en México todo lo que significa el poder político de una Iglesia frente a una clase política desprestigiada y deslegitimada. Llegó en 1978, como simple delegado apostólico y se fue como nuncio, casi 20 años después, habiendo obtenido una de las grandes victorias diplomáticas de la Santa Sede en la segunda mitad del siglo 20: establecer relaciones con México, después de que estuvieron interrumpidas y de hecho nunca formal y bilateralmente establecidas por gobiernos republicanos. Y, sin embargo, la falta de contención que demostró, también le costó caro. Aunque debía haber regresado al Vaticano para ser nombrado cardenal y responsable de algún cargo clave de la curia romana, fue más bien castigado y enviado al exilio interno, en su natal Piemonte. Nunca más se supo de él, con excepción de algunos puestos menores en el gobierno de la Iglesia y de sus esporádicas visitas a nuestro país, donde había dejado casa y al parecer algunas amistades entrañables.

Le tocó un momento favorable, para emprender su tarea y alcanzar sus objetivos, los cuales giraban más alrededor de las relaciones político-diplomáticas que de las libertades de religión o de la Iglesia católica en México. Escogió la vía del poder, desde el principio, apoyado por un nuevo papa (Juan Pablo II) que llegó con toda su fuerza y experiencia política a renovar el papel político de la Iglesia en el mundo. Coincidieron en el tiempo en que la Santa Sede multiplicó sus nexos internacionales. México no fue el único: Estados Unidos pasó de tener un representante personal en el Vaticano a establecer relaciones formales en 1984. Una década después también lo hizo Israel y en medio muchos otros países menos complicados para la Santa Sede. Aquí en México, la situación política era insostenible: el desgaste del sistema se acentuó en 1988 y el presidente cuestionado, Carlos Salinas, decidió plantear la modernización de las relaciones del Estado con varios sectores y grupos, entre ellos "la" Iglesia. Los cuatro años siguientes escenificaron una disputa de la jerarquía mexicana con el todavía delegado apostólico, acerca de los objetivos de la reforma. Al final, ganó el episcopado mexicano: primero se dio la reforma y después las relaciones diplomáticas. De paso, la resistencia interna logró que el nuevo nuncio no fuese declarado decano del cuerpo diplomático, como acostumbran algunos países latinoamericanos. Al final vino el asesinato del cardenal Posadas, la reunión con los Arellano Félix y otros despropósitos personales. El exceso de poder lo perdió. Quien lo sucedió cambió la cancha de tenis de la Nunciatura, en capilla.

roberto.blancarte@milenio.com